Conspiración

La Teoría de la Conspiración es atractiva, pero peligrosa para la salud mental.

Es atractiva porque satisface nuestra sed de sentido, de racionalidad. Nos sitúa en un universo en el que todo sucede por una razón comprensible, por un motivo racional y abarcable. Y es peligrosa porque es falsa.

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¿Hay conspiraciones? ¡Por supuesto! No hay nada más fácil ni probable. Pero si existen conspiraciones, no puede existir LA conspiración como la conciben los conspiracionistas: mundial, infalible, omnicomprensiva y duradera.

Contradice toda nuestra experiencia de la realidad humana, donde hay coincidencias, accidentes, absurdos, errores, chapuzas y despistes. Imperfección, en suma, inseparable de nuestra naturaleza.

Los ‘malos’ -porque se da casi por supuesto que los conspiradores no actúan por nuestro bien-, a pesar de serlo, son cuasi divinos: no yerran, no pasan nada por alto, no dejan, en fin, que un solo gorrión caiga de la rama sin su aquiescencia. Son, en suma, una versión invertida de Dios.

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Sobre todo, estos personajes, a los que hay que suponer sumamente ambiciosos y taimados, despliegan una insólita solidaridad. Ninguno se carga la conspiración por querer más poder que el otro. Tampoco hay ninguno que se arrepienta, en una visión muy calvinista de todo el asunto. Nadie se va de la lengua, ni en su lecho de muerte. Además, tratándose de una conspiración a largo plazo, hay que creer que los poderosos de una generación siguen fielmente las instrucciones de las precedentes, que no envejecen, al parecer, ni suenan obsoletas, raras o inútiles a los nuevos.

Pero probablemente el efecto más pernicioso de creer en esta conspiración universal es que implica creer que el mal es más poderoso que el bien. Y nos desanima a cambiar nada y a desconfiar de todo. Total, ‘ellos’ siempre van a ganar. Son más inteligentes, disciplinados, virtuosos, porque toda esta incesante y providente actividad exige extraordinarias dosis de virtud.

In Fidel´s death

The Left are the last colored beads -gaudy, shining, poisonous- that Europe sold to the Natives. It’s the triumph of the post-colonial Colonialism.

The Left is now a faded poster in the room of a bourgeois teenager, surviving deep into him as he grows old.

But Fidel is not the face in that poster, in that t-shirt. It’s Che Guevara’s, as he had the revolutionary good taste of dying young.

The only way of being forever young is dying young, if possible shot in the battle.

The Left is riot, all its symbols are those of riot, the riot is the moment it lives for. The past is always dark and the future is hazy.

That’s why Fidel is not in the t-shirts, because he outlived his own legend.

Nobody wants to think about the gloomy and drooling hangover following the night of merry bonfires, comrades, songs and victory’s powder smell.

But the young man grows old and flames become cold ashes and the overwrought nerves break in servile apathy.

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En la muerte de Fidel

La izquierda son las últimas baratijas -brillantes, chillonas, venenosas- que ha vendido Europa a los indígenas. Es el triunfante colonialismo postcolonial.

La izquierda es ya un póster que amarillea en la pared de un burgués adolescente, que sobrevive dentro de él cuando envejece.

Pero Fidel no es el rostro minimalista de ese póster, de esa camiseta. Es el Che, que tuvo el acierto revolucionario de morir razonablemente joven.

El único modo de ser eternamente joven es morir joven, a ser posible de un tiro en la batalla.

La izquierda es la revuelta, toda su escenografía es la revuelta, es el momento para el que vive. El pasado es siempre oscuro y el futuro es difuso.

Por eso no triunfa Fidel en las camisetas, porque sobrevivió a su propia leyenda

Nadie quiere ver la resaca triste y babeante que sigue a la noche de llamas alegres, camaradas, cantos y el olor a pólvora de la victoria.

Pero el joven envejece y las llamas se resuelven en cenizas y los nervios tensos se quiebran en abulia de esclavos.

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¿Hueles eso, muchacho?

Esa extraña sensación que nota, esa desorientación, ese vértigo extraño que le recorre el cuerpo y le alarma porque nunca antes lo había sentido tiene un nombre: victoria.

Es, sí, muy extraño. De hecho, la derecha real lleva medio siglo sin recordar bien a qué sabe. ¡Oh, no me venga con que el PP gobierna, que ha tenido mayoría absoluta recientemente, que ahora hay una conservadora en Gran Bretaña y una democristiana en Alemania!

Estoy hablando en serio, de verdad. Una victoria de un partido no es una victoria del conjunto de ideas, de la visión de la sociedad que se supone que representa si no la aplica desde el Gobierno. Y ¿podrían decirme un solo detalle significativo en el que el progresismo haya retrocedido, no importa la etiqueta que tenga el partido en el poder?

Pese a la retórica, obligatoria en un régimen de partidos, a la izquierda oficial no le quita el sueño en absoluto que gane las elecciones la derecha oficial. Viene a ser como irse de vacaciones dejándole la casa a un amigo apocado y servil: uno sabe que cuando vuelva todo estará exactamente como lo dejo, pero probablemente con cervezas recién compradas en la nevera.

El PP podría quedar francamente muy bien con su sucesor socialista en el futuro mostrándole lo eficazmente que le ha conservador todo, que para algo les llaman conservadores: ¿Ideología de género? ¡Hecho! ¿Aborto? Como lo dejó el señor. ¿Memoria histórica? ¡Claro! Los malos siguen siendo los de siempre y seguimos leyendo a Azaña en la intimidad, faltaría más.

Eso es lo más importante, y eso es lo que mejor respeta la ‘derecha’ oficial: quiénes son los malos y quiénes los buenos; qué es ortodoxia y qué herejía. Todos contra el ‘Brexit’, todos contra Trump.

Pero el ‘Brexit’ ganó. ¿Una carambola, una anécdota aislada? Oh, pero luego en Colombia el pueblo volvió a defraudar a los amos. Distinto y distante, quizá.

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Y entonces ganó Trump. Contra viento y marea, contra todas las apuestas. Contra Wall Street y Hollywood, contra los medios y las multinacionales, contra las ONG y las universidades. Sin pedir perdón, sin pedir permiso, sin someterse a las reglas marcadas por sus enemigos. Contra los prohombres de su propio partido, incluyendo el último presidente republicano.

Ganó. Una victoria de verdad, que ha llevado al estamento globalista al paroxismo.

¿Qué quieren que les diga? Me saben dulces las lágrimas progresistas, soy así de malvado.

Y me da miedo el instinto timorato de la derecha, incluso de la derecha real, su miedo reflejo a ganar, su impulso de ceder ante la progresía triunfante.

Olvídenlo. Ellos van a saco, ellos han ido a muerte. Ellos no conocen la piedad, ellos no hacen prisioneros. Paz y amor con los hombres. Como seres humanos. Pero como defensores de una cultura de muerte, de un sistema implacable decidido a exterminar nuestras raíces y anular nuestra civilización, ni agua.

¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho? Es el miedo de los globalistas. Nada del mundo huele así. Huele a victoria.

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Las edades del hombre

De todas las taxonomías comunes que se aplican a la condición humana, de todas las formas habituales de clasificarnos, etiquetarnos y estabularnos, la edad es una de las más populares, no sin razón. Es observable que, en grandes números, no tienen jóvenes y viejos los mismos hábitos, gustos, tendencias, aptitudes y opiniones, y a estos cambios afectan dos circunstancias claramente distintas: por un lado, lo que el propio paso del tiempo nos hace cambiar en cualquier circunstancia, y, por otro, la diferencia de lo vivido. El pasado es otro país, dijo alguien que no voy a buscar, y en ese sentido un viejo es como alguien que viene del extranjero con una nueva perspectiva.

Sin embargo, la clasificación induce, sin pretenderlo, a un error en el que me ha hecho pensar una meditación al respecto de Andrea Mármol. Usaré, para explicarlo, la distinción sobre la que ella misma, veinteañera, llama la atención al compararse con sus mayores y destacar lo que llama su “ventaja” a efectos de la discusión o el debate.

Creo que el tiempo le es extraño al hombre. Es un ser que tiende a vivir sub specie aeternitatis, y eso hace que el paso de los días nos sorprenda, cosa que no sucede, digamos, con experiencias comunes como la oscuridad o la lluvia. Ver a un amigo al que no se ha visto en muchos años nos estremece, y el cambio constante no cambia nuestro primer sobresalto ante los cambios. “¡Cómo pasa el tiempo!” sigue y seguirá siempre siendo un comentario afortunado, en el sentido de universalmente compartido, porque el tiempo, tan común, nos es de algún modo ajeno. Nos coge siempre desprevenidos.

Por eso Andrea habla, sin saberlo, como si se refiriese a una clasificación estática, como si sus veinte primaveras fueran como su nacionalidad, su sexo o su raza; como si mi cincuentena fuera mi condición inamovible. Me pasaba algo parecido con mi abuelo que, siendo mi abuelo, tenía la obligación de haber sido siempre viejo, y pensarlo joven y niño era un ejercicio fantástico, como imaginar sardinas del tamaño de una ballena y elefantes como ratones.

Esa es la diferencia; esa es, me atrevería a decir, mi ventaja –mi única ventaja- sobre Andrea: en mis cincuenta años están contenidos sus veinte. Yo, Andrea, también tengo veinte años. Solo que, además, tengo otros. El hombre que tiene 80 tiene también 70, 60, 50 y así hasta llegar al niño que recuperamos siempre que estamos solos en un lugar nuevo.

Mira el tiempo del hombre, la vida del hombre, como un libro, y la edad como el capítulo que ahora lees. Quien va por el capítulo XV recuerda el VII. No solo lo recuerda, sino que el que ahora lee no tendría sentido sin él. Lo explica y lo amplía. No hay Andrea veinteañera sin Andrea quinceañera, sin Andrea niña. Y la Andrea madura, la Andrea cincuentona, podrá mirar a la veinteañera con la que hable y pensar: “recuerdo”.

La sonrisa

Voy a confesaros una cosa: no quiero que mis gobernantes me sonrían.

No, no es que ya me dé igual que lo hagan, es que prefiero que no lo hagan.

Desde que recuerdo me están sonriendo, es casi la única parte de su función que todos hacen bien. Y de tanto verla, esa sonrisa ha acabado por parecerme siniestra.

No quiero que quien me gobierna me sonría, ni que me ame, ni que se desviva por mi felicidad. Como no quiero que mi dentista me sonría, me ame o se desviva por mi felicidad.

Quiero que sea razonablemente eficaz, razonablemente honrado y no demasiado caro.

Un político puede decirme que va a gobernar bien y mentirme. Pero es al menos posible que diga la verdad.

Pero si un político me habla de amor y de sonrisas, sé que tengo que prepararme para lo peor.

Bruselas y los últimos días de Occidente

Nuestra civilización va a morir de estupidez. La masacre de Bruselas es un buen momento para recordar que el enemigo de Occidente no está en las arenas de Oriente Medio, sino entre nosotros.

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Una nueva matanza ha asolado Europa, esta vez en la capital de ese contubernio mundialista y buenista que es la UE, Bruselas, otra de las sucesivas masacres que no tienen absolutamente nada que ver con el islam, y cuya primera reacción entre nuestras masas bienpensantes no es la lógica de indignación y defensa, sino de temor a un brote de ‘islamofobia’. Que nadie, en ningún caso, use esto para frustrar la hermosa fantasía del #WelcomeRefugees. Aunque el Eurostat dejara claro que menos de un tercio de los que llegan lo hacen huyendo del IS, aunque el Estados Islámico presuma de que ha aprovechado el caos fronterizo para infiltrar operativos y la propia Interpol los calcule en unos 5.000.

Pero no teman, no es la novedosa ‘islamofobia’ -que podría definirse ya como rechazo a someterse al Islam- la enfermedad de la que va a morir nuestra civilización. Nuestra civilización va a morir de estupidez.

Un pueblo cuya primera reacción al ser atacado es disculpar al grupo del que salen sus atacantes está pidiendo a gritos la extinción, y después de leer en redes sociales y publicaciones decenas de soflamas en la línea de “no todos los musulmanes…” y/o “pues las Cruzadas…”, no me cabe apenas duda de que estamos en fase terminal.

Lo vivimos ya tras la atroz matanza del Bataclan en París. Fue muy aplaudida, al menos por la derecha, la fulminante determinación de François Hollande de lanzar inmediatamente un ataque contra posiciones del IS en Iraq. Y esa es la prueba de nuestra suprema cobardía y suma estupidez. Porque no es en las arenas de Mesopotamia donde está el peligro para nuestra civilización, sino en nuestra perpetua cesión, en nuestro masoquismo cultural. Y ahí no se tomó, no se toma, ninguna medida. Al revés, ante la avalancha de supuestos refugiados de Oriente Medio, el líder más poderoso de Europa, Angela Merkel, reaccionó con una invitación universal y abierta a la que se sumaron masas de progresistas postureantes al grito de ‘¡Bienvenidos, Refugiados!’, creando una crisis de seguridad -entre otras cosas- que habría que estar ciego para no ver.

Por lo demás, las aventuras de intervención bélica de Estados Unidos y sus aliados en el mundo islámico, desde Iraq y Afganistán hasta Libia y Siria, han proporcionado, sino la causa, al menos la ocasión perfecta para el drama que se desarrolla ahora en nuestras fronteras.

Todavía el estamento neocon americano y sus aliados españoles sostienen que acabar con Assad es el objetivo prioritario, por encima de la victoria sobre el IS. Produciendo, imaginamos, un resultado igual de halagüeño que el derrocamiento de Saddam en Iraq. Porque Occidente no puede soportar la visión de un tirano, esa es la consigna, democratizar el planeta.

Bueno, parte del planeta. A nadie se le pasa por la imaginación hacerle un feo a China por el nimio detalle de que sea una tiranía que ha aplastado cualquier disidencia.

O, más al caso que nos ocupa, Arabia Saudí, una teocracia arcaica y cruel a cuyo lado el denostado régimen iraní es un paraíso libertario. Pero los saudíes son intocables, aunque la vertiente islámica que está detrás de toda la yijad moderna, de todos los atentados masivos desde el 11 de septiembre, tenga allí su cuna y sea la única oficial y permitida en el Reino, no aunque esté financiando mezquitas y madrasas por todo Occidente que transmiten el mismo mensaje radical contra los infieles. Arabia es la fuente, junto con otras tiranías del Golfo como Qatar y Emiratos Árabes, cuyas camisetas llevan los jugadores de nuestros dos equipos de fútbol principales. Los negocios, supongo, son los negocios, y al igual que el emperador Vespasiano recordó a su hijo Tito que el dinero no huele, por lo visto tampoco retiene las manchas de sangre.

Me solidarizo, por supuesto, con todas las víctimas y sus familiares, pero espero que no se me juzgue insensible si digo que estos atentados brutales, como hacía décadas que no sufría Europa, son solo el aspecto más aparatoso de nuestra paulatina extinción. A la larga, son incluso innecesarios, incluso contraproducentes, para vencernos. Más aún: ni siquiera es el islam -yijadista o no, si les apetece hilar fino y establecer una distinción que ellos no hacen- el problema de Occidente.

El Islam es todavía muy frágil; Occidente es todavía muy poderoso. Bastaría una modesta dosis de sentido común, del instinto de conservación que es normal esperar en cualquier pueblo de la tierra, para que el peligro quedara inmediatamente conjurado. No, el verdadero enemigo, el enemigo implacable, peligroso, poderoso, no es el que escala los muros de la fortaleza, sino el traidor que les abre la puerta. Son nuestras élites, nuestros gobernantes, nuestros grupos de comunicación, nuestros mandarines culturales, nuestro sistema educativo, nuestros financieros. El estamento mundialista, en fin, que ha decidido que el mejor modo de gobernarnos es al viejo estilo, dividiéndonos, erradicando nuestras identidades nacionales tanto como nuestra antigua identidad europea, de modo que convertidos en átomos sin lealtades personales dependamos de nuestros amos para resolver nuestras rencillas.

A finales del siglo pasado, un progresista profesor de Sociología de Harvard, Robert Putnam, se propuso hacer un estudio en profundidad que probara los beneficios de la diversidad cultural y tomó como campo de pruebas el Los Angeles multicultural. Pero los resultados fueron tan contrarios a los esperados que su obra, ‘Bowling Alone’, recibió escasa publicidad.

Putnam comprobó que la diversidad cultural y étnica reduce drásticamente la cohesión social, la participación en actividades comunitarias y la confianza mutua y promueve la soledad y el desinterés por la cosa pública. Una comunidad así solo tiene el poder político como árbitro entre las distintas tribus en disputa, el sueño húmedo del poderoso. Y ese es el plan que, sin necesidad de conspiración alguna, se está imponiendo en Occidente y, muy especialmente, en Europa bajo los auspicios de Bruselas.

Occidente vive en una burbuja de prosperidad, paz y libertad sin precedentes que le hace pensar que sus valores son valores universales, que no somos una tribu más, sino la Humanidad, y que nuestra llegada a la escena mundial ha hecho desaparecer mágicamente los incentivos y mecanismos seculares que han movido a todos los pueblos a lo largo de la historia. Y más bien no.

El mundo es mucho más grande, cada vez más demográficamente en relación al menguante Occidente, y sabe de qué va la vaina. Sabe que ignorar al enemigo no le hace desaparecer, al contrario. Sabe que la debilidad no es una señal para proteger al otro, sino para atacarle.

En un sentido retorcido y siniestro, Occidente está enfermo de una moralina deformada y masoquista que pregunta siempre quién tiene razón y se responde siempre que cualquier otro, que somos lo peor y los más malos. Pero la historia no se mueve así. En la historia real, no en las historietas políticamente correctas, si un pueblo puede hacerse sin demasiado esfuerzo con el territorio, las riquezas y las mujeres de otro, lo hará.

Tarde o temprano Occidente tendrá que despertar a este hecho o resignarse a perecer, y no precisamente para disolverse en una utopía progresista. Porque no está lejano el día en que la pregunta ya no será cuál es tu opinión, sino cuál es tu pueblo.

El rojo vive de la fe

La izquierda es una herejía cristiana y no lo sabe, por eso ataca al padre con furor freudiano.

Permítanme un desahogo imperdonablemente frívolo: a veces desearía que no quedaran en Occidente más de un ínfimo puñadito de cristianos, algo así como hace dos mil años, y que para el mundo fuera un recuerdo no más vivo o cercano que los dioses del Olimpo o de Asgard. Después de una sociedad cristianizada –como la que construyó nuestra civilización–, lo mejor es una sociedad que desconozca por completo a Cristo, y lo absoluto peor, una poscristiana, como la que padecemos.

Me explico. La Iglesia, en todo lo que no tiene de místico, representa la defensa de la cordura y el hombre histórico tiene una evidente tendencia a permitir que el disparate, lo irracional, entre en su discurso social, cayendo ora en esta locura, ora en la contrario de una época a la siguiente. Y en cada ocasión la Iglesia ha recordado al mundo la verdad que no estaba de moda ni quería oír.

Y, al defenderlo la Iglesia, se convierte mágicamente en una ‘cuestión religiosa’ y, por tanto, desdeñable sin necesidad de argumento. Si el relativismo llevara a dudar de la aritmética, que dos más dos son cuatro se convertiría en “una creencia religiosa”; ya estoy viendo las pancartas: “¡Saca tu religiosidad de nuestra contabilidad!”.

aiQFyX_fLo más gracioso –e irritante– de todo el asunto es que quienes más recurren a este deleznable antiargumento son los miembros de la izquierda, una herejía cristiana donde las haya, una ideología tan totalmente incomprensible sin el humus cristiano que en ninguna otra civilización ha arraigado sino como parte de un proceso de occidentalización.

Igualmente curioso resulta que, así como la izquierda rechaza como cosas de curas sin concederles una reflexión seria cuestiones de absoluto sentido común o lógica o incluso experiencia diaria, aceptan como premisas incontrovertibles y perfectamente racionales consecuencias del cristianismo que ningún a filósofo, sabio o pensador antes de Cristo se le ocurrió mantener. Son como un pirómano quemando la casa del enemigo sin darse cuenta de que es también su casa.

Que los hombres son iguales, que hay una especial dignidad en el sufrimiento, que hombre y mujer son titulares de los mismos derechos naturales, que la libertad individual es un valor universal: todas estas premisas son tan místicas, por indemostrables, como el misterio de la Santísima Trinidad. Ni Platón ni Aristóteles veían nada malo en la esclavitud y Sócrates no estaba precisamente solo al dar gracias a los dioses por haber nacido varón.

En cambio, que el individuo es genéticamente idéntico a sí mismo y no hace otra cosa que crecer, sin soluciones de continuidad, desde la unión de los gametos es ciencia. Como lo es que la homosexualidad exclusiva es una anomalía estadística y un rasgo evolutivamente indeseable.

Contra don Quijote

“(…) aquel hidalgo loco era un ejemplo; un ejemplo de nobleza y valor frente a la injusticia, decía que a veces hacen falta locos dignos que se enfrenten a los poderosos, hacen falta soñadores valientes que sepan soñar un mundo mejor y que se atrevan a llamar a las cosas por su nombre. Hacen falta soñadores (…). Hacen falta Quijotes. Estamos orgullosos de ese soñador a caballo, de ese español universal. (…) soñamos como don Quijote, pero nos tomamos muy en serio nuestros sueños.” (Pablo Iglesias)

 

Debo confesar que me alarma don Quijote, y me aterra su culto. Quiero pensar que a Miguel de Cervantes le pasaría lo mismo. Sí, sé que mucho de la actual quijotelatría es de pega, lectura de precepto, el más citado de los libros no leídos. Además, nada tengo que decir sobre la novela: acepto el dogma cultural que la sitúa en la cúspide de la literatura. Es contra el personaje contra lo que me rebelo; es él -y la enorme simpatía popular que despierta- lo que me hiela la sangre. Porque don Quijote es, pura y simplemente, un fascista, el precursor de los totalitarismos.

Primero hay que aclarar que el totalitarismo es un fenómeno exclusivamente moderno, que no se trata de una dictadura especialmente agobiante y tiránica, sino del intento de imponer sobre la realidad social una ideología, es decir, un modelo ‘racional’ -pero irreal- trazado aIMG_2491 tiralíneas en un estudio. Como el ideólogo puro, Alonso Quijano pierde la noción de la realidad y la cordura de tanto leer versiones del modelo ideal -las novelas de caballería-; se deshumaniza hasta el punto de dejar de ser y precisar otro nombre, don Quijote, igual que Yosif Dzhiugashvili pasó a ser Stalin. Don Quijote sale entonces a los caminos con la misma intención de todos los ‘salvadores de la patria’ y ‘hombres del destino’, decidido a desfacer entuertos y a imponer la justicia. Su justicia, naturalmente. Y ve las cosas como aparecen en el modelo, no como son. Si la realidad no coincide con lo que ve -si los gigantes resultan ser, después de todo, molinos-, tanto peor para la realidad. Si la URSS era el paraíso, es de razón que los disidentes sólo podían ser locos, y lo sensato era encerrarlos en los psiquiátricos. Don Quijote es, como todos los ideólogos, un paranoico que ve fantásticas conspiraciones en todo lo que frustra sus deseos. Don Quijote es una figura ridícula; ridículamente cómica a ratos, ridículamente trágica, en otros. Pero nuestro tiempo admira al loco, al parecer, con tal de que sea ‘idealista’, y poco importa que no deje títere con cabeza para que brille su justicia y se canten sus hazañas.

 

La voz del amo

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La Cultura, hemos sabido en la Gala de los Goya, está contra el Gobierno. Como un solo hombre. La verdad es que suena mucho más imponente decir “la Cultura” que escribir los nombres de toda esa troupe de cómicos, ¿no?

Ya es triste que, de todas las Bellas Artes y el pensamiento, la cultura haya quedado reducida a un puñadito de faranduleros y algún viejo autor con tantos premios oficiales como escasos lectores. Pero aún más triste, para los que atesorábamos el tópico romántico del artista bohemio, libre y contestatario, es ver a tanto presunto artista alabando al poder, apoyando a todo gobierno de su cuerda. Chirría.

El adocenamiento debería ser anatema para el creador; el conformismo, veneno para los artistas. La desoladora explicación es que éstos no son sino funcionarios del arte, burócratas de la cosa, aprovechados y pícaros que tienen secuestrado el nombre del arte para seguir pasándose por caja a fin de mes, para vivir de la sopa boba oficial como dóciles empleados mientras juegan a la revolución con dinero ajeno.