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La revista TIME ha elegido al Papa ‘Persona del Año’, en una tradición que antaño servía para subrayar el alcance mundial de la publicación norteamericana y hoy apenas para recordar que existe. Desconozco los criterios, pero si se trata de elegir a alguien que represente la época en que vivimos, alguien que refleje en su persona, como en una prosopopeya andante, la cifra de los tiempos, se me antoja que los responsables de TIME se han precipitado: la Persona del Año no tiene nombre, o, al menos, al cierre de esta edición no he podido encontrarlo en ninguna parte; yo, para poder hablar de él, le he dado uno, Balara, que en lengua xhosa significa ‘campeón’.

Me refiero al hombre perfectamente encorbatado que, en el funeral de Mandela, en presencia de las mayor reunión de jerarcas mundiales que vieran los siglos y millones de televidentes en todo el mundo, se situaba junto al líder que tuviera que hablar en cada momento como supuesto intérprete de la lengua de signos y gesticulaba como Dios le dio a entender. Como poco, la Medalla del Valor se la ha ganado a pulso.

No voy a hacer unas risas con lo que ha indignado a sordos del todo el mundo y ha dejando al Gobierno de Zuma a la altura del betún, y no es por el aspecto cómico por lo que le creo merecedor del título. Balara es, realmente, el representante de nuestro tiempo porque, de haber sido un intérprete genuino y traducido fielmente los discursos, sus gestos no hubieran tenido más significado que el extraño ‘rap’ mudo que se marcó con una sangre fría digna de mejor causa.

Leo que no encuentran a Balara por ningún lado, y espero que nunca lo hagan porque eso me permitiría acariciar mi hipótesis preferida: que el hombre no era tal, sino un espíritu burlón enviado por la Providencia en una parábola evidente: “Lo que estoy haciendo es gesticular mucho sin decir realmente nada, pero todos estos que hablan hacen exactamente lo mismo”.
Nada aborrece más la modernidad, a nada tiene tanto miedo el poder, como a un argumento frío y afilado como una navaja de afeitar o a un hecho incontestable. Defender la privatización o la nacionalización de empresas, el socialismo o el liberalismo, puede o no ser un error, pero significa algo. “Sí, podemos” o “por el cambio” no significan nada, y ese es su mérito. Se trata de que nos sintamos bien, no de que juzguemos.

Al discurso político cada vez más se le puede aplicar lo que Macbeth dice de la vida: una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa.
Cuando mañana un político vuelva a tomar el micrófono en un mitin -y, no se engañen, nuestras élites políticas están siempre en campaña- ya me será imposible no ver el rostro preternaturalmente serio de Balara manoteando en un teatrillo tan vigoroso y entusiasta como vacío de sentido.

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