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Ignacio González se ha encontrado con un ático en Guadalmina como Ana Mato se encontró un Jaguar en su garaje, y ya tenemos aquí el minué esperado. Todo tan igual, tan deprimente.

El presidente de la Comunidad de Madrid insiste en que todo es legal. No tengo la menor idea; es muy probable que lo sea eso de poner a una sociedad de Delaware a pagarte tu casa. Me da, la verdad, bastante igual.

El caso es que nos perderemos, como de costumbre, la moraleja, porque para los medios de izquierdas es una prueba evidente de que la derecha está en política para lo que está. Luego, cuando salen cositas feas de la Junta de Andalucía o de UGT, los medios de derechas -la derecha oficial, esa izquierda con retraso- se resarcen y hacen su numerito. Tertium non datur, no hay otra. Y así jamás podrán contarnos lo obvio de estas situaciones, a saber: el poder no atrae a lo mejorcito de cada casa, y para creerse eso de la ‘vocación de servicio’ hay que ser terminalmente ingenuo.

Toda mi filosofía política se resume en un consejo de más de dos mil años: no pongas tu confianza en los príncipes ni en ningún hijo de hombre. Esto, y ningún otro detalle sobre sistemas más o menos eficaces es lo que define a un reaccionario.

Es fácil -es, casi, obligatorio- suponer que el espectro ideológico se divide entre la izquierda y -como si fuera el Marqués de Bradomín- todo lo demás. Es, como todo lo que constituye el consenso con el que nos machacan, absurdo.
La línea de separación más tajante en política no separa a quienes creen en este sistema y quienes defiende este otro, sino quienes creen en la política y quienes no creemos en ella.

Por supuesto, no me refiero a que sea indiferente cómo se organice el gobierno de la polis, sino a que no existe un modo perfecto, a prueba de imbéciles y malvados, ni la política puede salvarnos.

La política plantea un problema insoluble: cómo hacer legítimo que unas personas manden sobre otras, siendo todas ellas falibles y poseídas de iguales instintos y la misma tendencia a satisfacer el interés propio.
Los liberales acostumbran a echar unas risas -con razón- a costa de los socialistas cuando éstos hablan de un modelo que no existe ni ha existido jamás en la realidad. En este sentido, el comunismo es como Windows: la última versión siempre se vende como la buena.

Pero otro tanto se puede -se debe- decir del liberalismo, al menos en su versión hard: ¿dónde está su libre mercado, cuando ha existido? Es cierto que las aproximaciones han sido, al menos en lo económico, bastante más benéficas, aunque no parece que la historia se encamine a un final feliz.

Es la cultura, estúpido. No hay constitución en el mundo que pueda, como intentó ingenua nuestra Pepa, hacernos a todos justos y benéficos. Los políticos hablan constantemente de ‘generar confianza’, cuando la confianza ha sido nuestra perdición. Mi consejo es: desconfiad si mandan los otros y desconfiad aún más si mandan los vuestros.

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