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Que Dios me perdone, pero cada día me asalta la tentación de desear con todas mis fuerzas que nuestra civilización olvide pronto y del todo que un día fue cristiana. Que el nombre de Cristo suene al oído del ciudadano medio tan exótico como el de Plotino, que la Iglesia, reducida e ignorada como un partido liberal en España, se reúna en sótanos ignorada de todos y que el Evangelio vuelva a ser, en todos los sentidos posibles, un ‘libro de culto’, casi un ‘samizdat’ soviético, y la cruz sea para el mundo solo dos líneas perpendiculares sin sentido especial alguno.

Pero vivimos la peor de las situaciones, una civilización que ha perdido la fe sin olvidarla del todo y que incluso esgrime principios aprendidos de ella para atacar a la Iglesia que se los enseñó.
Una de las primeras ventajas de la, por lo demás, tan desastrosa situación de mi deseo sería que el cristianismo volvería a ser lo que fue cuando tomó el mundo pagano por asalto: una novedad y una sorpresa. Otra, que la progresía tendría que empezar a pensar en lugar de achacar a una supuesta sumisión a la fe los argumentos del contrario, como sucede ahora.

Digamos, el aborto. No hay nada específicamente religioso en la oposición al aborto. Uno fatigará en vano los Evangelios en busca de una condena de Jesús contra la muy progresista práctica de matar al hijo antes de que nazca. Digo ‘específicamente’ porque, en la práctica, cualquier puede comprobar con solo abrir los ojos que en el frente provida los ateos pueden contarse con los dedos de una oreja y el entusiasmo activista y la práctica religiosa guardan en muchas ocasiones una relación evidente.
Pero esto no significa que la postura antiabortista sea ‘cosa de curas’, sino que la Iglesia ha hecho suya la ingrata tarea de recordar al mundo las verdades que no están de moda. Si algún día el mundo se enemista con la aritmética, no es improbable que el papanatas del futuro acuse a quien insiste en que dos más dos son cuatro de querer “imponerle sus creencias”.

Otra falacia muy común en este debate es lo que podríamos llamar ‘petulancia cronológica’, la irracional idea de que estar vivo en 2013 no dota de algún modo de poderes especiales para discernir la verdad. Nos parecería muy gracioso leer en un mohoso pergamino a un autor asombrándose de que alguien pueda creer esto o lo otro “¡en pleno siglo VII!”, pero es exactamente lo que leo diariamente.

Por lo demás, la Iglesia no ha hecho más que aprender de la ciencia moderna la verdadera gravedad del aborto. Santo Tomás especulaba que el alma entraba en el feto al cuarto mes, no teniendo medios de saber qué pasaba ahí dentro. Es la ciencia, no la religión, la que nos dice que el individuo único empieza con la fusión de los gametos.

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