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Necesitamos fascistas. No me miren con esa cara: necesitamos fascistas, razonables partidarios del corporativismo nacional, cultos e inteligentes defensores ya sea del tronco mussoliniano original o de variantes más pintorescas, como la del rumano Corneliu Codreanu. Necesitamos libertarios de los que ven rojo cuando se habla del Estado, digamos un Jorge Valín pero másmainstream, en suficiente número y de suficiente empaque como para batirse en duelo incruento, de papel a papel, con los primeros espadas del otro lado.

Necesitamos tradicionalistas que sepan estructurar una defensa inteligente del ‘Dios, Patria, Fueros, Rey’. Conozco alguno, sé que los hay. Solo falta que se les oiga y se les lea.

Necesitamos conservadores clásicos que dominen su Burke y desplieguen la irónica inteligencia de Samuel Johnson.

Necesitamos, si alguien los encuentra, distributistas.

De reaccionarios genéricos no hablaré: estoy yo y quien quiera acompañarme.
Necesitamos, en fin, que la izquierda sepa que eso que llama ‘derecha’ no es un bloque, que cada uno es de su padre y de su madre, magníficamente incompatibles, y que la ‘derecha oficial’, eso que nos manda, es más un club de intereses y una tribu que un grupo estructurado en torno a ideas y principios.
La izquierda quiere hacernos pensar a todos que lo que no es ella es, por citar a un ex presidente del gobierno español, “la misma mierda”, y la verdad es que los ‘peperos’ le ponen la cosa fácil.

Llamar a la ‘unidad de la derecha’ –a todo lo que no sea izquierda– parece prima facie el mejor modo de acabar con esa plaga sanguinaria que ha llenado el mundo de miseria, opresión y mentiras. Pues bien: yo creo que es exactamente al contrario.

El otro día entendí el porqué de este revuelto de ideas incompatibles en que la izquierda gusta de mezclar las churras con las merinas de quienes no pertenecen a su tribu: el ataque plausible.

Digamos que se habla de las ayudas a la banca. Los liberales, enemigos de toda subvención, están en contra. Los fascistas ni siquiera entienden que haya un sistema bancario al margen del Estado. Los tradicionalistas, sospecho, colgarían a la mitad de nuestros banqueros del palo de la bandera.
Pero –y ahí está la gracia– siempre es posible encontrar a un plumilla mercenario o un despistado que se define vagamente, no sé, como ‘democristiano’, que defenderá el desafuero, con lo que la izquierda ya puede decir: “La derecha critica las subvenciones al cine, pero bien que calla cuando le dan nuestro dinero a los bancos”. Caso cerrado.

Por eso ruego a mis lectores: no vuelva a pedir la ‘unidad de la derecha’. Es una trampa. No existe eso.

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