Etiquetas

, , , , ,

¿Han visto El Rey León? ¿Recuerdan las escenas finales? La selva en la que viven los protagonistas se ha convertido en un sombrío secarral donde solo crecen malas hierbas, presumiblemente por la sobreexplotación de los recursos bajo el régimen explícitamente fascista de Scar. Pero Simba reclama el trono que legítimamente le pertenece y, oh, el erial reverdece en una selva edénica y estremecida de toda clase de frutos.

Lo primero es creíble. Lo segundo, no. Y ese es el sentido en el que Disney y, para ser justo, el periodismo diario han deformado nuestra forma de mirar la actualidad.

Un reino, un paraje, una comunidad pueden destruirse deprisa. Una bomba atómica –por poner un caso extremo– hace el trabajo en segundos. Pero el vergel –una sociedad próspera y razonablemente libre y segura– es fruto de años, de muchos esfuerzos individuales y nada dramáticos. La creación de riqueza es muy poco cinematográfica y escasamente periodística.

Las películas tienen un fin tajante; la historia, no. El chico y la chica han superado las tribulaciones, se besan, aparecen los títulos de crédito y nos vamos a casa. The End. Este ingenuo esquema, en el que preguntarse si, después de todo, el chico y la chica no acabarán a bofetadas es casi blasfemo, es el que reproducen las televisiones, radios y periódicos, inevitablemente. De ahí nacen los mitos, como el de Mandela.
En el guión sudafricano del Apartheid todo tenía que ser sencillo como en una película de Disney y con la liberación y posterior elevación de Mandela y el fin del nefando sistema racista terminaba la película. La felicidad se presupone en la nación del arcoíris, donde no hay negro ni blanco, judío ni gentil. ¿Para qué estropearlo con esa aguafiestas, la realidad?

En la realidad, casi un millón de blancos sudafricanos se ha exiliado, pero eso no le importa a nadie porque todo lo que les pase es poco. Igualmente no es probable que los tres mil granjeros blancos masacrados de forma horrible vayan a concitar mucha compasión o empañen el límpido paisaje.
Quizá suene algo peor que en la radiante Sudáfrica liberada violen a un niño cada tres minutos y maten a tres cada día; o que una mujer tenga más probabilidades de ser violada que de aprender a leer y uno de cada cuatro varones admita haber protagonizado una violación.

Lo serio, lo periodístico, lo profesionalmente honesto sería comparar cifras de criminalidad, esperanza de vida, renta per cápita y esas cosas tan aburridas y tan de cada día, tan áridas y tan distintas de esos lemas fáciles y frases rotundas y nobles rostros de perfil.

Todas las películas que vendemos los periodistas se interrumpen justo cuando todo empieza para los protagonistas. Nuestro placer es hacer la crónica de la caída del tirano; que luego el liberador sea un tirano peor solo sirve para estropear el cuento.

Anuncios