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De los gritos de guerra que sacuden periódicamente el espectro político nacional, uno de los que más me alarman, por erróneo, es el que urge a ‘la unidad de la derecha’. Como me he cansado de escribir, la derecha no es un ‘algo’ que pueda unirse; ‘derechista’ no es como ‘alemán’ o ‘suizo’; es más bien un término de la misma familia léxica que ‘payo’, ‘bárbaro’ o ‘gentil’, es decir, define a quien no pertenece a la tribu, en este caso, la izquierda.
Sí he encontrado, por lo general, entre la gente que se resigna a la etiqueta de ‘persona de derechas’ un rasgo que, si en la batalla política puede parecer una rémora, en la vida diaria es una verdadera bendición. Me refiero a cierto despego de la ideología, cierta resistencia a ver la realidad a través de rígidos diagramas y fríos esquemas pergeñados en un despacho por un intelectual con Síndrome de Asperger.

El hombre de que hablo tiene en política más tendencias que directrices y es capaz de adaptar su voto y su propuesta a lo que tiene delante sin necesidad de llamar al partido para que se lo explique. Está acostumbrado a que le llamen fascista, aunque tiene tan pocas ganas del providencial ‘hombre a caballo’ como el que menos, no digamos de fervorines nacionalistas, uniformes y consignas. Pero, sí, ama a su país y, en general, las cosas que le son familiares y cercanas.

Se le suele confundir con los liberales, término que acepta dócilmente, cuando se habla de las ventajas comparativas de los sistemas socialista y de mercado, pero retrocede espantado si se le explica el dogma ultraliberal, esa especie de autismo hecho ideología.

Es conservador y, si se quiere, con un punto de tradicionalismo, no porque quiera llegar al progresismo con retraso o adore las cenizas, sino porque siente, casi más que piensa, que sus padres y abuelos no eran unos descerebrados que llegaron a creer lo que creían y a crear lo que crearon en un acceso de estupidez y maldad. Cree que las instituciones no deben derribarse sin comprender primero su objetivo y evaluar qué va a sustituirlas.
Por no seguir rígidamente una ideología -y un poco para que le dejen en paz- se califica a veces a sí mismo de apolítico, pero no es la palabra. Es, sencillamente, un hombre completo frente al ideólogo, que es solo la mitad. No se ve obligado por la línea programática a defender a capa y espada a un rey del juego extranjero de historial dudoso al que no se ha permitido torcer las leyes del país a su favor, y puede pensar, sin contradicciones internas, que mal tienen que ir las cosas en el país para que los banqueros hablen de la riada de dinero que está entrado en España mientras una familia muere por comer comida caducada y el paro se mantiene a unos niveles alarmantes.

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