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Caracas y Kiev están siendo la tumba de la izquierda. O, si se prefiere, de la imagen de la izquierda, lo que viene a ser lo mismo.

La izquierda ha basado toda su propaganda en el romance de la revuelta, toda su épica en el motín, la lucha callejera, las barricadas. Es su estética desde 1789.

Especialmente en España y desde la victoria del PP en las urnas, la izquierda ha ensalzado la calle y rodeado a los quincemeros de un aura de gloria. Luchan, luego tienen razón, parecía ser su curioso silogismo.

Han logrado, con su dominio cultural, que asociemos automática, instintivamente a unos tipos enfrentados a las fuerzas antidisturbios con otros tantos Robin Hood en vaqueros, encarnación del Bien, la Verdad y la Justicia.

Por eso apoyaron y tergiversaron descaradamente las revueltas de la Primavera Árabe, aunque en Egipto llevaran al poder, primero, al fundamentalismo islámico y, ahora, a una dictadura militar casi idéntica a la que se pretendía derrocar en Tahrir.

Y por eso su reacción a lo que sucede en Caracas y su desconcierto ante la lucha callejera en Kiev.

Internet, con su ‘universalización del periodismo’, hace imposible mantener el dogma soviético al que se ha aferrado nuestra izquierda: lo que sucede en Caracas es un golpe de Estado contra la voluntad popular revolucionaria encarnada en Maduro.

Pero las imágenes son implacables, arrolladoras. Aquí no pueden eliminar de una foto aislada la presencia incómoda ‘more stalinista’ -¡lo que hubiera hecho el ‘padrecito de los pueblos’ con Photoshop!- y cerrar los ojos ante lo que todos estamos viendo solo les hace parecer unos farsantes bien alimentados del Occidente en decadencia.

Las fotos, los vídeos, las declaraciones: son los suyos. Si no tuvieran la consigna preparada, si vieran las imágenes sin contexto, su corazón se pondría inmediata, instintivamente del lado de la revuelta, reconocerían en ella todo lo que siempre han entendido como ‘suyo’.

Sobre todo para las bases, para el izquierdista de buena fe, debe de ser torturante ver esos ríos inacabables de jóvenes (¡estudiantes!) atacados ferozmente por la policía armada como trasuntos de Robocop y tener que ponerse del lado de la policía. Les debe chirriar.

En Kiev no es mucho mejor. El poder, en este caso,  es un político corrupto e inepto que se ha entregado en brazos de Putin, la nueva ‘bestia negra’ de toda la izquierda y casi toda la derecha occidentales.

Hasta ahí, fácil: los rebeldes tienen razón. Putin se opone a todo lo que el nuevo progresismo considera el sumo bien, desde el matrimonio homosexual hasta el laicismo agresivo. El problema empieza cuando los que mueren y luchan en las barricadas entran en primer plano y abren la boca.

La vanguardia del movimiento, quienes no ceden y más cadáveres y heridos acumulan en la revuelta, son los ‘guerreros’ de Pravyi Sektor. Y cuando uno les oye hablar se le quita toda la ilusión de que sean, precisamente, unos ‘hijos de las flores’ decididos a llevar la tolerancia universal, el multiculturalismo y la ideología de género a Ucrania. Teniendo en cuenta que a un tibio centroderechista pepero la izquierda lo califica alegremente de ‘fascista’, tendrán que inventar una nueva palabra para estos chicos.

La izquierda se perdió, al menos desde mayo del 68, en una narcisista lucha de estatus entre tribus de víctimas profesionales y empieza a advertir que sus mohosas categorías no encajan en el panorama real que se abre, aún confuso, en las primeras décadas del siglo XXI.

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