Si la costumbre no nos estragase el sentido, veríamos lo cómico que resulta contemplar a los grises e instaladísimos eurócratas poniéndose de parte de todos los insurrectos del mundo, desde esa operación de márketing geopolítico conocido como Primavera Árabe al más reciente golpe de Estado en Ucrania. Debería ser medianamente preocupante observar a los guardianes de la legalidad occidental aplaudiendo la acción violenta de unos millares de jóvenes guerreros contra un gobernante elegido por millones de personas.

Todos somos revolucionarios ahora. No es algo que elijamos conscientemente: es el ethos de nuestra época, la atmósfera intelectual en la que nos movemos. Pero la Revolución Permanente plantea un evidente dilema: no se puede ser, al tiempo, la autoridad legítima en Palacio y el rebelde en la calle.

O sí, cuando uno tiene los resortes adecuados de propaganda y los usa para vender una realidad esquizoide que fomenta la ética y estética de la revuelta desde el mismo poder. La resultante disonancia cognitiva cuando la contracultura se convierte en la cultura oficial es de órdago, y la tensión es insostenible a largo plazo.

Kiko Méndez-Monasterio, en su última columna de Gaceta.es llama la atención sobre uno de los aspectos de esta tensión: la violencia. Si al leer la palabra ‘violencia’ no se le ha torcido el gesto, querido lector, es que lleva viviendo debajo de una piedra durante el último siglo.

La actitud natural frente al uso de la fuerza a lo largo de la historia ha sido instrumental: es decir, la violencia es buena o mala según para qué y, sobre todo, quién la aplique. Como regla general, es la ‘ultima ratio’ de la autoridad legítima.

Pero para los hijos del 68, ‘violencia’ es una palabra malsonante. Repetimos como si se tratara de verdades evidentes disparates como “la violencia nunca es solución” o “la violencia solo engendra violencia”. Por supuesto, nuestra disonancia cognitiva nos permite seguir repitiendo ad infinitum estos mantras mientras criticamos que no se haya actuado antes contra, digamos, Adolfo Hitler. ¿Cómo? ¿Con claveles?

Y así nos encontramos con unos gobernantes que temen usar la fuerza o, para ser más precisos, que se les vea usando la fuerza. Que, por otra parte, no pueden dejar de emplear porque el poder no usa la fuerza, sino que ES la fuerza.

La naturaleza aborrece el vacío y los incentivos funcionan inexorablemente, dos obviedades que han llevado a lo que señala Méndez-Monasterio en su columna: a que sean grupos no legitimados los que usen la violencia y obtengan los beneficios asociados.

Toda la actitud de la izquierda con respecto a ETA, por ejemplo, muestra a la claras que, contra lo que repiten machaconamente desde sus innumerables púlpitos, la violencia es rentable. Casi podríamos decir que es cuantificable, que un poco de violencia -digamos, el asalto de la librería Blanquerna- lleva a fulminantes condenas y a un frente perfectamente unido de indignación y censura. Pero el tiro en la nuca, la bomba indiscriminada y el amontonar muertos gana nuestro respeto, que no es otra cosa que la cara presentable de nuestro miedo.

El ser humano -y, muy especialmente, el varón- es naturalmente agresivo como es naturalmente sexual, y la respuesta tradicional en nuestra civilización ha sido encauzar esa agresividad, darle salidas legítimas y ponerla al servicio del bien común. La respuesta de la progresía ha sido negarla en absoluto -reprimirla, por usar un verbo que aborrecen-, pero lo único que consigue es que ‘funcione’ mejor la violencia asocial que la encaminada a hacer respetar las normas.

Los enemigos de la civilización han olido nuestro miedo y saben usar las mentiras con que adormecemos nuestras conciencias, y cada gesto de debilidad no hace más que confirmar su postura y afilar sus armas.

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