He observado que cuando en un debate uno de los contertulios suelta una mentira demasiado evidente o un disparate sin pies ni cabeza, es frecuente que quien se propone rebatirle quede como un idiota.

Es relativamente fácil enfrentarse a un error de hecho o a un argumento torpe. La experiencia común nos tiene entrenados para ello. Es solo la negación de enormes evidencias de las que saltan a la cara, la pirueta argumental imposiblemente surrealista, lo que deja sin palabras y sin reacción posible. “No, eso no es así” suena patético.

La cosa es que un debate no se gana necesariamente teniendo la razón. Un tipo hábil y elocuente puede defender con éxito de crítica y público el planteamiento más absurdo frente a un rival torpe y limitado, por más que su postura sea correcta.

La izquierda -en sentido amplio y en sentido estricto- ha sido invariablemente contradicha en la práctica y es indemostrable en teoría e ignorante de las realidades más básicas de la naturaleza humana y, sin embargo, reina suprema en el discurso público común, en los lemas de nuestros partidos, en las cátedras y periódicos.

Es insostenible, pero se sostiene aislando la realidad e incluso la lógica del debate común, aunque para salvaguardar nuestra cordura la inmensa mayoría no fanatizada actúa ‘como sí’ lo que defiende en público no fuera verdad.

El mecanismo no es intelectual, sino moral. Los mandarines del discurso no pretenden que pensemos “esto es cierto”, sino más bien: “si no acepto esta idea, soy malvado”. La idea consiste en desencadenar algo muy parecido al miedo, especialmente al miedo de quedar fuera de la sociedad bienpensante. Por eso es común que la respuesta a una idea disidente sea la descalificación personal (“tú lo que eres es un fascista”; “eso es antidemocrático”) en sustitución del argumento en contra, a menudo imposible. También abundan las expresiones encaminadas a intimidar al hereje, del tipo: “Wow, no me puedo creer que alguien pueda pensar algo así” (bonus: “en pleno siglo XXI”).

Lo curioso es que el censor CREE haber respondido satisfactoriamente, está convencido de que su postura -la verdad oficial- no es el resultado de una ideología, sino la verdad incuestionable y que, por tanto, no necesita pruebas.

La buena noticia es que un sistema ideológico que se da de bofetadas con la realidad, con la naturaleza inmutable del hombre y de las cosas, es inviable y está ya en proceso de derribo. La mala es que podría arrastrar a nuestra civilización en su caída.

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