De la crisis de Ucrania, uno de los aspectos más interesantes ha sido el desconcierto de las banderías políticas y, muy especialmente, de la izquierda, que no saben con qué lado alinearse.

 Porque alinearse, hay que alinearse: es uno de los subproductos de ese ‘pensamiento en pack’ que es la ideología el tener respuesta para todo, y si uno no sabe ni localizar Crimea en un atlas, no hay problema: basta esperar a ver qué dicen los tuyos para enterarte de qué ‘piensas’ sobre el particular.

 Para la izquierda, el problema es que no lo tiene fácil. ¿Alinearse con los rebeldes ucranianos? Por una parte sí, porque son la calle levantándose contra el corrupto poder establecido, con todo el ‘look & feel’ del 15-M pero con tiros.

 Pero uno oye hablar a los miembros más activos de la ‘resistencia’ y parecen cualquier cosa menos rojos. El grueso de los muertos ha corrido a cargo de Praviy Sektor y Svoboda, dos formaciones a la derecha de Genghis Khan. Y las huellas dactilares del Departamento de Estado norteamericano, para qué negarlo, están por todo Kiev.

 ¿Con Moscú? Moscú suena bien, sí, siempre lo ha hecho a oídos revolucionarios, sin contar con que la acción de Putin significa plantarle cara al imperialismo yanqui y pararle los pies, y eso siempre pone mucho. Y es aliado de la Venezuela chavista, como bonus.

 Pero… ¿he dicho Putin? Putin es un facha, un carca. Habla de las raíces cristianas de Occidente y quiere a todos los gays ardiendo en una enorme pira (no: ser homosexual en Rusia es perfectamente legal, pero no estamos para sutilezas). 

 Decisiones, decisiones…

 Lo cierto es que no hay izquierda perceptible en ninguno de los dos bandos. Hay historia, tribus, nacionalidades.

 Con la Guerra Fría, todo era más fácil. Si te apoyaba la Unión Soviética, te apoyaba la izquierda internacional, y al contrario. 

 En realidad, nunca fue así. El enfrentamiento ideológico entre los dos bloques enmascaró cientos de conflictos tribales y religiosos en los que la tendencia política era una mera herramienta. 

 Digamos que usted quería la independencia del pueblo sumerio. Prescindir de los dos bloques estaba descartado. Su grupo necesita armas, apoyo mediático, dinero. Si el gobierno contra el que lucha es aliado de Washington, usted va, pone un ‘obrero’ o ‘socialista’ en algún lugar de su nombre oficial, una estrella roja y a correr. La izquierda internacional sabrá inmediatamente que es usted un oprimido certificado y que su causa es justa, aunque lo que realmente represente sea un conflicto ancestral sin la menor carga ideológica original.

 El final de la Guerra Fría hizo innecesarias estas simulaciones, si bien algunas se mantuvieron por inercia o tradición. Sin embargo, la izquierda supo salir mal que bien de su desconcierto alineándose con causa más y más alejadas de sus posiciones ideológicas pero que podían encuadrarse vagamente en el grupo de ‘oprimidos’. Así, mostró y muestra una ‘comprensión’ desconcertante con lo que, en un mundo cuerdo, sería su némesis: el islamismo. 

 Pero la realidad se impone, y a la realidad las ideologías le importan un pimiento. El hombre no solo es ‘social’, sino también tribal. A Occidente, hegemón del mundo desde hace unos pocos siglos, le cabe la gloria de haber superado parcialmente esa mentalidad con una visión global del género humano que ninguna otra cultura ha alcanzado.   

 Naturam expellas furca, tamen usque recurret. Uno puede negar la naturaleza, pero la naturaleza tiene la última palabra. Y nuestra naturaleza es tribal y territorial, por encima de las ideologías. La Internacional Socialista, que veía en las clases las únicas realidades y en las patrias mera superestructura de cartón-piedra, se llevó la sorpresa de su vida en 1914 cuando los obreros, en vez de hacer piña con sus hermanos en el campo enemigo, se alinearon por naciones con un entusiasmo digno del peor/mejor chauvinismo. El futuro es tribal. Y ya está aquí.

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