Mis amigos liberales en Twitter han venido elogiando últimamente un artículo publicado por Antonio España en El Confidencial que no me resisto a comentar o, para ser más exactos, a aprovechar para mis oscuros fines.

Se titula ‘No llamen a esto capitalismo’, y el centro de su argumento lo resume el autor en esta frase: “… (L)o que describen políticos, tertulianos y otros profesionales de la opinión cuando critican al capitalismo no son sino acciones y sus consecuencias, que poco tienen que ver con el sistema genuino de libre mercado”.

¿Les suena? A mí sí, mucho. Sustituyan ‘capitalismo’ por ‘socialismo’ y estarán ante un discurso que se ha repetido con la regularidad de las mareas entre el rojerío pensante. Su modelo es perfecto, piensan, y si ha salido de forma invariablemente espantosa cada vez que se ha probado -desde el experimento de Juan de Leyden en Münster hasta la Venezuela de Chávez- es porque no se ha aplicado bien. En suma: “No llamen a esto socialismo”.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué una fórmula que queda tan bonita y racional en el papel -tan obvia, casi- siempre se resuelve en opresión, miseria, mentiras y sangre? Porque el socialismo parte de un error acerca del hombre. Sí, su economía es un disparate, pero la economía depende en última instancia del hombre.

Y esta disonancia cognitiva se resuelve de un plumazo asegurando que el ‘verdadero’ socialismo no se ha probado nunca, cuando la navaja de Occam, tras tan innumerables experimentos, nos recomendaría optar por la explicación más sencilla: no funciona porque no puede funcionar.

Ahora, sería injusto comparar socialismo y capitalismo. El primero es una ideología, algo que se creó en un laboratorio intelectual, por así decir, y luego se trató de aplicar a la realidad; el capitalismo, en cambio, no tiene su equivalente a El Capital. En lugar de centrarse en cómo debería funcionar el sistema, explica cómo funciona, de hecho, cuando se le deja en libertad. No hay, en puridad, una ‘ideología capitalista’, ni es probable que veamos una revolución de empresarios enarbolando la bandera con el dólar en su centro en barricadas callejeras.

Pero, si no hay una ideología capitalista, sí han surgido ideologías basadas en el capitalismo. El liberalismo, especialmente en su variedad más pura, sostiene que la comunidad ideal estaría formada por individuos tan autónomos como sea imaginable que regulan sus relaciones sociales mediante pactos voluntarios. El Estado -de haberlo- tendría como función principal y casi exclusiva hacer respetar esos pactos libres.

El liberalismo así descrito entiende algo de la naturaleza humana que se les escapa a los socialistas, a saber, la existencia de incentivos. Pero, desgraciadamente, no entienden mucho más.

Pero sigamos con Antonio España y su sentido “no es esto, no es esto”: “El capitalismo se define por ser un sistema de beneficios pero también, pese a que esto se olvida con frecuencia, de pérdidas. No obstante, cuando el sistema se corrompe y las ganancias se continúan privatizando, pero las pérdidas de unos pocos escogidos se socializan, deja de ser un mercado libre y se convierte en capitalismo de amiguetes”.

¿Y podría amablemente explicarme don Antonio -despacito, que uno no tiene demasiadas luces- cómo podría evitarse este triste estado de cosas en su sociedad capitalista? Porque es un hecho histórico que, en Occidente, ha sido el capitalismo y no el socialismo el que ha llevado a la inflación del Estado.

Vamos un momento a nuestra idílica sociedad liberal, con un Estado pequeño pero lo bastante fuerte para hacer cumplir los contratos libres. Los individuos y las empresas que montan tratan de maximizar el beneficio, ¿cierto? Que para ello no usen métodos coactivos (“véndeme tus tierras o te parto las piernas”) es tarea del Estado o, si estamos en un anarcocapitalismo, de la comunidad, que rechazará al matón (crucen los dedos).

Es un hecho de evidencia común y universal que los hombres no son iguales. Incluso quienes en foros y escritos defienden la igualdad de todos, en su vida corriente sabe que Manolo es un águila que ve oportunidades donde los demás no ven nada, que Paco es constante y trabajador, que Luis es un piernas y María, laboriosa y eficiente.

Siendo así las cosas, en nuestra maravillosa y libérrima sociedad, a unos les irá mejor que a otros. De hecho, mucho mejor, sobre todo a medida que el afortunado empieza a beneficiarse de economías de escala.

Bien. Dejamos unas cuantas décadas a nuestra sociedad liberal y volvemos al cabo. ¿Qué veremos? La libre iniciativa ha permitido la creación de miríadas de iniciativas empresariales pero, como es de prever, unas son más grandes que otras.

Ahora bien, la grande, cuando es demasiado grande y aunque eso le da otras ventajas, tiende a burocratizarse y a perder agilidad y, en cualquier caso, su dominio relativo del mercado está constantemente amenazado por cualquier pigmeo con una idea mejor, una innovación o, sencillamente, capaz de vender más por menos por cualquier circunstancia.

Los ejecutivos de la gran empresa, cuyo único objetivo, no lo olvidemos, es maximizar el beneficio, intentará por cualquier medio impedir esta competencia. Competir en precios y calidad está muy bien, pero es azaroso y cansado. ¿Qué impide usar al Estado para coartar esta competencia? Nada. El Estado, como cualquier entidad, necesita dinero, y las grandes empresas dan más dinero de forma unitaria. Eso, por supuesto, sin olvidar que el Estado está compuesto por funcionarios que, como el resto de los individuos, tratan de maximizar sus ingresos personales.

¿Corrupción? Bueno, es posible, pero ni siquiera necesario. Todo puede ser perfectamente legal: regulaciones. Ecológicas, laborales, de calidad, de protección al consumidor… Da igual. Basta que tengan un motivo explícito altruista y resulten en la eliminación práctica del pequeño negociante, que no puede cumplirlas y seguir ganando dinero en muchos casos.

Pero me estoy perdiendo en hipótesis teóricas, voy a la práctica. Y la práctica es que, invariablemente, los grandes empresarios se convierten en los mejores amigos del Estado y son, en los países no socialistas, el principal factor de su crecimiento elefantiásico.

Decir que “eso no es capitalismo”, al final, es tan desesperado y pueril como señalar a Corea del Norte y decir que “eso no es el socialismo”. Oh, de acuerdo. Eso es solo a lo que lleva el socialismo. Y este ‘capitalismo de amiguetes’, a lo que lleva el capitalismo.

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