Entiendo la indignación. Después de todo, nos han engañado. Nos dijeron que la democracia es un régimen en el que manda la gente -eso que llaman ‘el pueblo’-, pero esa misma gente ve que no hay forma de que lo que quieren llegue a la ley. Votar a un partido que represente con mayor o menor fidelidad lo que deseamos, nos dicen, es tirar el voto; no se vota para que gobierno este partido, sino para que no lo haga el otro. Y entre los dos grandes partidos las diferencias en la práctica son meramente retóricas.

La democracia es un sistema de elección de líderes, pero su culto la ha acabado convirtiendo, en la mente quizá de una mayoría, en una posibilidad ontológica, es decir, que si los más quieren algo, ese algo será.

Y no, claro.

La realidad no es democrática, no es democrática la biología ni lo es la física. Se siente. Lo más cercano a la democracia real son el mercado y la tradición, dos conceptos que aborrecen los organizadores de las Marchas de la Dignidad.

Es así el caso que el peor y más corrupto gobierno del PSOE o del PP será siempre un mal menor comparado con la ristra de unicornios de colores que proponen los quincemeros. Leo en Público.es: “La idea es unir todas las fuerzas con una idea: o se atienden nuestras reivindicaciones o el gobierno tiene que coger las maletas” aseguraba Cañamero, “la mayoría silenciosa, a la que tanto han aludido, quiere hablar y poner en la calle su palabra”.

Curiosamente, la mayoría silenciosa es un término acuñado por la derecha americana pero, en cualquier caso, la sugerencia de Cañamero de que el Gobierno elegido en las urnas deba ‘hacer las maletas’ o atender las reivindicaciones de una minoría es, como poco, desconcertante. Como mucho, un llamamiento al golpe de Estado.

Pero, ¿cuáles son estas reivindicaciones que, de no ser atendidas, justificarían la inmediata dimisión del Gobierno? Sigo con Público.es: “Reclaman servicios públicos, el derecho a una vivienda para todas las personas, empleo digno, una renta básica y que no se pague la deuda.”

Empecemos por el final: repudio de la deuda. Oh, bueno. Se ha hecho otras veces, se puede hacer. Pero no sale precisamente gratis. Cuando uno se niega a pagar sus deudas, los acreedores se disgustan y no vuelven a prestarle dinero. ¿Eso se entiende?

Bien. Ahora, ¿cómo se financia un Estado que tiene que dar “servicios públicos” (¿más?), hacer viviendas para todos, garantizarnos un empleo (“digno”, que significa cómodo y bien pagado en neolengua) y, tachán, un sueldo a cada uno por el hecho de respirar?

Impuestos. A los ricos. Es decir, a los productivos, a los que están generando la riqueza para hacer posibles todas estas fantasías. Pero hay un pequeño problema, un detalle, una minucia, como ha podido comprobar François Hollande en Francia: a los grandes empresarios no les gusta arriesgar, crear empleo y generar riqueza para que les llamen explotadores y les quiten el dinero. Manías que tienen. Y se van con sus empresas a otra parte, algo especialmente fácil en la Unión Europea, donde se garantiza la libertad de movimientos de personas, mercancías y dinero.

Pero no hace falta llegar a esto. El hombre es racional y responde a los incentivos. Si pagándome un céntimo más paso a la categoría fiscal superior a la que le sacan los higadillos, procuraré que no me paguen ese céntimo, aunque sea trabajando menos. ¿He dicho ya que trabajar menos supone crear menos riqueza, que supone que el Estado tiene menos donde recaudar? ¿Hay que explicar que si pagas más impuestos te queda menos para invertir/ahorrar/gastar, con lo que las empresas pierden clientes, tienen que cerrar, sube el paro, en una espiral descendente que acaba en el infierno venezolano?

Es aritmética al alcance de cualquiera, en absoluto complicada. Como es psicología elemental que, si das un sueldo por respirar, muchos no aspirarán a otra cosa. Un niño lo entendería. Cañamero, por lo visto, no.

Tan natural para el niño es el árbol como la farola. Son dos cosas que siempre han estado ahí cuando él pasaba por la calle. El joven del siglo XXI ha nacido en unas condiciones sociales, políticas y económicas que da por supuestas. Algunas cosas fallan, y a él le parece que le están robando, cuando la realidad es que ni el Rey Sol, Luis XIV, soñó jamás vivir tan bien.

La pobreza no necesita de nadie que ‘robe’. Naufraga en una isla desierta y allí, sin capital al que echar la culpa y en absoluta libertad para hacer lo que desees vivirás con una pobreza que ni imaginas. ¿Comunidad? Vale, naufraga con un grupo de amigos. Ya me contarás.

La democracia no es magia, la riqueza hay que crearla con esfuerzo y paciencia. Lo que tenemos ha necesitado milenios para crearse. Pero los pataleos revolucionarios pueden destruirlo en pocos años.

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