No estoy tan lejos de la humanidad común como para no sentir cierta empatía por el pícaro. No consigo, como tanta buena gente a mi alrededor, arder en santa ira porque Pablo Iglesias arengue a las masas proletarias mientras recibe un pastizal del Gobierno de Maduro, que está repartiendo a placer en Caracas, ni logro que me hierva la sangre con ese sinvergüenza, Willy Toledo, que vive a todo plan a costa del régimen de los Castro mientras el cubano común ve un huevo -racionado- como la cumbre de la gastronomía.

No, de verdad, no son difíciles de entender. Les mueve lo mismo que a todos; a todos nos gusta sentirnos justos y benéficos, sabernos amados y admirados sin perder, por ello, un ápice de la buena vida. ¿Quién puede negarlo?

No, a ellos les entiendo. Algo más me cuesta entender a sus seguidores.

En puridad, atendiendo a las categorías marxistas, soy proletario, es decir, no soy dueño de medios de producción sino que trabajaba para otros por un sueldo. Pero las categorías marxistas son sueños pueriles, como cualquier otro esquemita sencillo para encasillar la increíblemente compleja realidad. No me siento proletario, no vivo como un proletario y mi conciencia de clase es cero.

Pero puedo con relativa facilidad ponerme en la mente de un proletario, incluso de un proletario indignado, explotado y con ardientes deseos de asaltar el Palacio de Invierno y colgar al último patrón con las tripas del último cura.

Vale, quiero la revolución social, odio al patrón, y por eso sigo… ¿A Pablo Iglesias? ¿A Willy Toledo? ¿De verdad? ¿Qué alma de esclavo hay que tener para reírle las gracias a quien gana bastantes veces más que tú y solo ha pisado una fábrica en ‘tournées’ políticas?

“En mi hambre mando yo” es el verdadero grito de la dignidad proletaria. La frase la recoge Salvador de Madariaga en su libro ‘España’ de 1931 y parece ser que la espetó un jornalero a un cacique en los años de la república en Andalucía, rechazando el dinero que le daba para que votase por lo que el cacique quería.

Eso queda en la leyenda. El cacique es ahora un tipo mucho más agradable y de diseño, que cobra de todos lados y le dice al jornalero que es uno de los suyos. Y el jornalero -oh, pero el rojo de hoy rara vez es jornalero, ¿verdad?-, si manda en su hambre, es para alquilarla.

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