No se trata de quién paga el sistema de enseñanza, sino de por qué lo mantenemos.

Piensen en un niño pequeño. O intenten recordar cómo era serlo. Se pasa el tiempo mirando el mundo y preguntando incesantemente por qué. Tiene tanta hambre de saber como de Nocilla y chuches, y aprender le gusta tanto y le cansa tan poco como jugar. Absorbe conocimientos de forma prodigiosa sin el menor esfuerzo o, mejor, con un esfuerzo que le divierte. No es cosa del niño: el ser humano aprende como respira. Por eso hay que asombrarse de la milagrosa eficacia de un sistema que, a pocos meses de reclutar a semejante esponja de conocimientos, a tal insaciable devorador de información, le convierte en un ser adocenado y aburrido que aborrece lo que le explican y salta de alegría cuando no hay clase.

El sistema de enseñanza existe y persiste para el propio sistema de enseñanza, y los alumnos no pasan de ser una excusa, cuando no sus rehenes. Antes de que se le transmita un solo concepto, el sistema enseña al niño un montón de cosas terribles. Le enseña que el conformismo es el secreto del éxito y el éxito es la nota, no el aprendizaje; que todos los conocimientos tienen idéntico valor e idéntico nivel de certeza y todos pueden dividirse cómodamente en periodos de tiempo idénticos, sin que haya un saber que bien valga dos horas y media o una lección que convenga ventilar en quince minutos; que la escuela tiene el monopolio del saber, y todo lo que se aprenda fuera no es verdadero saber; que un profesional mal pagado que enseña para ganarse la vida lo hará mejor que un padre o un maestro extracurricular que comparte conocimientos por amor al niño o pura pasión por el asunto. No es casual que el modelo arquitectónico común a casi todos los colegios recuerde tanto al de una cárcel.

Durante la mayor parte de la historia, los libros han sido extraordinariamente caros. Antes de la invención de la imprenta había que copiarlos a mano, y antes de la celulosa, el proceso de fabricación de papel –papiro o pergamino– resultaba muy costoso. Esto hacía que quienes deseaban acceder al conocimiento de los grandes autores tuvieran que reunirse físicamente en torno a un maestro que tuviera el libro, idealmente en un lugar con una buena biblioteca. Así nacieron las universidades y, por aquello de la inercia, así seguimos siglos después, cuando el acceso a millones de textos es virtualmente gratuito para todo el mundo. Seguimos debatiendo acaloradamente sobre sellos, sobres y franqueos en la era del Whatsapp.

Es lo que hace tan falsa, tan inane, toda la discusión política sobre el sistema educativo, limitada a un bando decidido a que el Estado –usted, para entendernos– pague el carísimo tinglado hasta el último céntimo y al supuestamente contrario que, al no salirle las cuentas, defiende algunos recortes aquí y allá o hacer que los usuarios paguen un poco más. Es decir, todas las posturas menos la obvia: cualquier sistema para enseñar es más eficaz y mil veces más barato que el que tenemos.

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