Sé que es una tentación pueril, y que muchos verán en ello una simple boutade, pero a veces, muchas, me gustaría ser de izquierdas.

¡Qué alegría, poder decir a nuestros semejantes “soy bueno, listo y culto” en una frase más breve y menos chirriante: “Soy de izquierdas”! Di “soy de derechas” y todo el gesto se avinagra, la frase sale como una excusa, como una autoinculpación. “Soy de derechas” suena a “¡qué voy a hacerle, yo soy así, éstas son mis limitaciones!”.

Bueno. Ser de izquierdas te hace bueno sin esfuerzo. Eres solidario con los que sufren, eres generoso, piensas en los demás… sin el inconveniente de perder un ápice en calidad de vida, sin tener que aguantar los rollos de un enfermo en un hospital, sin tener que desprenderte de algo que te gusta para darlo a otro. No. Yo soy de izquierdas. Eso basta. ¿Es usted de derechas? No tiene corazón, es un desalmado, un fariseo.

Soy listo. ¿Qué intelectual moderno tiene la derecha? Antes de que se me digan nombres: ¿Salen en la tele? ¿Se les respeta, se les sigue, se les cita en los medios? No. “Soy de izquierdas” significa que he pensado, que he reflexionado, que no me creo lo primero que me dicen. Todo lo contrario a confesar -admitir- que se es de derechas, que se sigue el camino trillado, “lo que te dicen los curas”, acobardado de pensar por tu cuenta.

Soy culto. Dicen que no hay nada más absurdo que un obrero de derechas, pero discrepo: un artista de derechas. ¿Dónde se encuentra semejante monstruo? La izquierda lee libros; la derecha, revistas del corazón. La izquierda escribe, pinta, esculpe, rueda, canta, compone. Para la derecha, todo eso es farándula, gente poco seria, indigna de confianza.

La izquierda sonríe y la derecha frunce el ceño.

¡Ay, si pudiera ser de izquierdas! Me estarían abiertas las páginas de El País, las salas de ARCO, las productoras de cine, el poder y la gloria. Todo el resto de la izquierda me sonreiría, y la derecha me envidiaría de lejos, acabaría halagándome con sólo no meterme en política.

Pero es inútil: no puedo. Tendría que lobotomizarme, fingir que no sé lo que sé, que no veo lo que veo. Ignorar este tenderete, este retablo de apariencias.

Tendría que pretender que “solidaridad”, en palabras de los políticos progresistas, consiste en robar a los que más producen para repartirlo entre los grupos privilegiados por el poder a cambio de su voto y su propaganda. Tendría que ignorar el siglo XX, una prueba tan gigantesca del fracaso de la utopía -peor: de la pesadilla atroz a la que lleva la utopía- para comulgar con la izquierda; dejar de pensar para no ver que los datos no cuadran, que las teorías progresistas no casan ni se sostienen, que todo acaba disolviéndose en el nihilismo de un Derrida o un Foucault. Que el pensamiento de izquierdas sólo tiene dos salidas: el Gulag o la nada, la disolución. Y los artistas son mayoritariamente de izquierdas porque nada hay tan delicioso como tener todas las ventajas materiales de mantenerse junto al poder y todas las ventajas emocionales y de imagen de posar como osado, transgresor y libre.

Anuncios