Si alguien tiene que gobernar -y considero inevitable que alguien haya-, prefiero que lo haga quien no ha buscado gobernar.

Me deja perplejo que pocos monárquicos usen este argumento que, en mi opinión, es el que mejor justifica la monarquía cristiana occidental. El príncipe que ya ha nacido para reinar y que toda su vida se prepara para ello puede, naturalmente, desear el poder; pero también puede no hacerlo. El dictador o el gobernante demócrata, por fuerza han tenido que ambicionarlo y, como sabrá quien conozca mínimamente el funcionamiento interno de cualquier partido y las normas no escritas del combate electoral, ambicionarlo con verdadera tenacidad y fervor.

Ahora bien, nadie, por listo o bueno que sea, tiene ‘derecho’ a ordenarme que haga nada que no quiero.

El poder es la fuerza; es la capacidad para forzar a otros a hacer lo que el poderoso ha decidido, o no es nada.

Las leyes más justas y benévolas, los decretos más sensatos: todo se basa, en última instancia, en la coerción, es decir, en la posibilidad de aplicar la fuerza para hacerlos cumplir y en castigar a quien los vulnere. Lo demás es retórica.

De igual forma, el poder es un fenómeno ineludible. Una sociedad humana medianamente compleja tendrá poder, si no formalmente, sí materialmente. Los periodos excepcionales de anarquía en la historia han supuesto invariablemente un retroceso en todo aquello que hace deseable la civilización, desde la prosperidad o la seguridad a, paradójicamente, la propia libertad.

Por esto mismo estoy íntimamente convencido de que quien desea fervientemente gobernar sobre sus iguales; quien desea decir a los demás lo que tienen que hacer con su vida, tiende a ser, por lo antinatural de la situación y con todas las excepciones que se quieran, un personaje poco recomendable, el menos indicado para hacerlo y el que con mayor probabilidad abusará de su poder. ¿Por qué, si no, lo ansía tanto como para someterse a las violencias, humillaciones, compromisos cobardes, demagogia, juego sucio e hipocresías que exige invariablemente el camino hacia el trono?

El único modo que se me ocurre de hacer probable o, al menos, posible que el poderoso acepte el poder como una obligación, como una carga, es que se le imponga. Comentaba solo a medias en broma en Twitter durante las pasadas elecciones que la democracia contaría con mi entusiasmo si se pudiera elegir a quien no se presenta.

Es el principio cristiano del ‘Nolo episcopari’, radicalmente opuesto al ‘O césar o nada’.  El candidato electo, el dictador, tenderá a creer -tendría razones para creer- que merece el poder que tanto le ha costado obtener, y esa hubris tenderá, por la dínamica habitual del alma humana, a hacerle considerar que mandar sobre los hombres es más su derecho que su deber.

Un rey que pacíficamente sucede a su predecesor, en cambio, difícilmente puede caer en esa insania. Él sabe que ‘le ha tocado’, que no ha hecho nada para merecerlo, y que el único modo de estar a la altura es, precisamente, ser un buen rey.

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