Que la gente es idiota ganaría por goleada en una elección de opiniones, a juzgar por lo que uno oye en cualquier plaza del mundo real y en todas las virtuales. Aun no pudiendo ofrecerle cifras exactas, que lo mío nunca fueron los números, ni siquiera me atrevo a dejarla meramente en ‘dato anecdótico’, tan amplia y prolongada es la muestra, y más me inclino por considerarla unánime que mayoritaria.

Tampoco quita peso a este curioso consenso el hecho de que cada vez que uno repite el pesimista aserto se excluya implícitamente, que es bien sabido que el idiota es, aún más que el cornudo, el último en conocer su condición. De ahí que todos seamos idiotas por la opinión ajena así salvemos la honra con la propia.

Hasta ahí, nada que decir si no la lamentación fatalista de saberse rodeado de idiotas sin el consuelo de esa fraterna solidaridad de reconocerse uno de ellos. La paradoja viene de que tan extendido pesimismo sobre nuestra capacidad intelectual colectiva convive sin aparente sobresalto con un optimismo igualmente mayoritario sobre la sabiduría infalible del mismo grupo de personas cuando en vez de gente se le llama pueblo.

Nadie me ha explicado satisfactoriamente esta asombrosa alquimia, esta mágica transmutación del mismo colectivo de necio en sabio por mor de una palabra, contradicción que impiden idiomas como el inglés al englobar el concepto en una sola.

La gente, pues, es idiota. O somos idiotas, por señalar. Por abrumadora mayoría. Y se da el caso de que muchos de los que más insisten en este generalizado déficit neuronal son sorprendentemente a menudo los mismos que hilvanan complejos sistemas para asegurar que la idiotez general quede fielmente reflejada en el gobierno de la comunidad. Listas abiertas, distritos unipersonales, democracia asamblearia, plebiscitos incesantes: se dan de codazos en las redes sociales los politólogos aficionados y los profesionales para ofrecer la solución más pura, el destilado más perfecto de idiotez hecha ley y régimen.

La revelación de los meses recientes ha sido, precisamente, el sensible apoyo que ha recibido en las urnas el más radical de estos grupos, Podemos -que no Sabemos ni Pensamos-, una formación cuya fantasía contable corre pareja a su confianza parlanchina en la fuerza de los deseos, como si Disney fuera la última palabra en teoría política.

No hay que decir que estos alegres peterpanes son de izquierda radical, que ese ha sido desde que existe refugio del pensamiento desiderativo.

Lo curioso es que es precisamente entre rojos donde más creo haber leído la repetida sentencia que encabeza esta columna. El izquierdista al uso alterna con la consumada soltura que presta la práctica continuada la convicción ferviente de que el pueblo debe gobernar con la certeza de que la gente es rotunda, desesperante e inexorablemente idiota.

Pero el desprecio de la izquierda por la gente, especialmente por las llamadas clases populares, no se detiene en el deplorable juicio que hace de su inteligencia. No, apenas conoce límites: además de su escasa inteligencia, denuesta sus gustos en música, literatura, cine, arte, critica sus hábitos y deplora sus opiniones en general.

El pueblo llano es, para la izquierda, especialmente idiota en esa democracia continua que es la vida social, en lo que compra, en los programas que prefiere, en los lugares a donde va. Los revolucionarios de asamblea solo pueden sufrir a esta manada de idiotas constituyéndose en su vanguardia para decirles detalladamente lo que deben pensar, decir, obrar y sentir.

De hecho, si uno fuera del género conspiranoico, podría documentar la teoría de que la nueva izquierda, tan vaga en sus arremetidas contra el difuso ‘capital’, es el más perfecto invento de la élite -de la ‘casta’, para entendernos- con el maquiavélico propósito de encontrar coartada ideológica a todos sus vicios y demandas.

Pero eso es ya para otra columna, que esta me está ya quedando suficientemente larga. E idiota, sin duda.

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