Hace unos meses, la emblemática revista TIME sacaba en portada a Laverne Cox, nacida sin duda con otro nombre que no he podido averiguar, asegurando que la de la transexualidad es la próxima gran batalla de los derechos civiles. Oh, esto parece no tener fin.

No mucho después, unos tipos que parecen la parodia de una pesadilla progresista bajo las siglas ISIL se abren paso a sangre y fuego por Siria e Iraq y proclaman el califato universal.

Es fama que mientras los turcos asediaban Constantinopla sus teólogos se reunían para debatir sobre el sexo de los ángeles. Debe de estar escrito en las estrellas que a nuestra civilización los embates sarracenos nos pillen siempre hablando de sexo, y de sexo, digamos, inusual.

El Islam radical no tiene media bofetada, en términos geopolíticos. Si eliminamos el petróleo de la ecuación, todos los países árabes exportan menos que Nokia, una sola empresa de Finlandia, que no pasa de los 5 millones de habitantes. Desde el punto de vista militar tampoco son gran cosa: preguntado en una entrevista cuál era el secreto de sus continuas victorias, el general israelí Moshé Dayán respondió con laconismo militar: “Combatir contra los árabes”. Por lo demás, los clérigos radicales parecen complacerse en proscribir todo lo que hace la vida digna de ser vivida, desde la compañía natural de las mujeres -al margen del matrimonio- a la música y, en un último comunicado reciente, el Mundial de Brasil.

Entonces, ¿por qué parecen imparables? ¿Por qué pueden decapitar a infieles, apedrear mujeres violadas, amenazar en el mismo Occidente mientras les construimos mezquitas y centros culturales? Porque la civilización, como la naturaleza, aborrece el vacío. Y Occidente solo puede ofrecer un sonriente vacío a cambio del terrible mensaje de los radicales.

Publicado el 01.07.2014 en The Objective

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