Quien no ha vivido el Antiguo Régimen, decía Talleyrand, no conoce la dulzura de vivir. Yo, pese a mis muchos años, no puedo confirmar las palabras de ese viejo zorro que sirvió y traicionó todos los regímenes, pero sí parafrasearle: quien no ha montado en avión en el siglo pasado no conoce la dulzura de volar.

Volar ha pasado en pocos años de ser una experiencia deliciosa a convertirse en una pesadilla, el peaje infernal que todos tenemos que pagar para llegar pronto a nuestro destino. Leo casi con indiferencia la última respuesta histérica al miedo volante, a saber, que los viajeros que tengan sin batería el móvil, portátil o la tablet tendrán que demostrar que no los han preparado para actuar como bombas.

Oh, bueno; ya hacen descalzarse o desnudarse a voluntad a los pasajeros, les hacen recorrer un humillante laberinto artificial, examinan sus pertenencias más íntimas con poderosísimos escáners, les requisan un inocuo bote de suero fisiológico para las lentillas o unas pinzas y, en todo momento, les hacen sentir más como sospechosos en una rueda de reconocimiento que como ‘estimados clientes’.

Para quien, como yo, haya volado en esos tiempos ya míticos en que unos serviciales empleados de la aerolínea le hacían sentir a uno como si fuese un magnate que viajara de incógnito; cuando uno podía llegar excepcionalmente al aeropuerto minutos antes del despegue e incluso invadir el área de viajeros para besar impulsivamente a la chica y las azafatas no consideraban que sonreír estuviera por debajo de su dignidad, difícilmente podrá sustraerse de la sospecha ‘conspiranoica’ de que un cambio tan radical y procedimientos a menudo tan arbitrarios y absurdos tienen menos que ver con la seguridad que con un sádico experimento de las élites que nos gobiernan para hacernos sentir ganado.

Publicado el 08.07.2014 en The Objective

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