Dos cosas, al menos, me han enseñado los debates en redes sociales: que el hombre, más que razonar, racionaliza sus deseos; y que el instinto gregario es casi tan fuerte como el de supervivencia.

Recuerdo en la transición, cuando España iba con prisas por sustituir la caspa nacional-católica por la progresista, una sección de un programa televisivo donde se asaetaba a algún famoso con preguntas impertinentes. Se trataba de preguntas fijas, creo recordar, y una de ellas era: “¿Qué preferiría, tener un hijo drogadicto o un hijo homosexual?”

La pregunta resulta hoy inconcebible, escandalizadora: ¿cómo comparar siquiera una dramática adicción con una identidad que, el consenso es abrumador, es normal y tan buena como la heterosexualidad si no un poco mejor?

Lo curioso es que en esos años la cuestión pretendía ser transgresora en el sentido contrario, es decir, como preparación hacia la normalización de la homosexualidad. Y, sin embargo, hoy suena como el máximo de la homofobia.

Ahora, esta no es una columna que vaya a debatir sobre la homosexualidad, el matrimonio gay o los derechos de esta minoría. A efectos de lo que quiero decir, tanto me da que sea buena, mala o neutra. Lo que me importa es que, en una generación, hemos pasado de pensar una cosa a la contraria, a menudo las mismas personas y con idéntica convicción.

Si habláramos de un descubrimiento, la cosa sería explicable; uno no puede seguir creyendo que las enfermedades infecciosas las causan los humores o unas fantasmales miasmas después de que se detectaran los gérmenes en el microscopio y empezaran a funcionar los primeros tratamientos.

Pero nada de esto ha sucedido. Seguimos sin saber qué causa la homosexualidad y los datos de que disponemos para juzgarla como actividad son los mismos que hace treinta o cuarenta años. Entonces, ¿cómo es posible un cambio tan radical y vehemente de opinión?

El rebaño. No es un insulto: el instinto gregario tiene una función vital en nuestra supervivencia. Un individuo solo, al margen de la tribu, muere, es menos que un hombre. Antiguamente, el ostracismo era la pena máxima, equivalente a la muerte y, de hecho, no era infrecuente que el hombre apartado de sus congéneres se dejara morir.

En el momento en que los mandarines de la cultura empezaron a bombardear con el nuevo dogma en series, películas, artículos y canciones, la gente lo aceptó como doctrina de la tribu, exactamente como lleva haciendo suyas las creencias más pintorescas si piensa que son las que se ‘deben’ defender.

Entiéndanme: las probabilidades de que prácticamente todo el mundo llegue a la conclusión A por sus propios medios y que por sus propios medios cambie en poco tiempo a la conclusión B sin que se haya producido un descubrimiento evidente son igual a cero. O es espíritu gregario o es un milagro estadístico.

Es fácil distinguir las opiniones a las que se ha llegado por experiencia o razonamiento personales de las otras en las discusiones, porque las segundas suelen responderse no tanto con argumentos como con estupefacción y violencia; no tanto con un “te equivocas por esto y esto otro” como con un “¿cómo PUEDES defender algo así?”. Lo vemos en cómo palabras que describen, por ejemplo, técnicas de elección concretas se convierten, en la lengua corriente, en sinónimos de “bien” y “bueno”, como vemos en el uso habitual de “democrático”.

De hecho, el disidente es una figura odiada. Sí, la palabra tiene un áura positiva y aún heroica, pero siempre que se trata del pasado -el ‘adelantado a su tiempo’, metáfora estúpida y sesgada donde las haya-, de otra sociedad o, más comúnmente, sea una disidencia de pose, que no roce las ‘verdades intocables’.

“Atrévete a pensar por tu cuenta” es un lema facilón y muy aplaudido. Todo está en que uno no se lo tome demasiado en serio y acabe en el duro exilio interior.

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