No es cierto, estrictamente hablando, que en la Rusia de Stalin no hubiera libertad de expresión. Cualquier moscovita podía acercarse a la Plaza Roja, subirse a un taburete y gritar a los cuatro vientos que Stalin era un tirano sanguinario. Es verdad que a partir de ese momento su vida sería, como en la célebra frase de Hobbes, miserable y corta. Pero, ¿qué acción no tiene consecuencias?

Esta boutade viene a cuento del uso y abuso del concepto de libertad por parte de tantos en política.

Hablemos del hombre común, ese que debería ser el foco de toda ideología política.

El liberal tipo parece incapaz de concebir amenazas a la libertad que no procedan de su ‘bestia negra’ favorita, el Estado.

Pero no es así como lo ve el hombre común. En la vida diaria del hombre común está, naturalmente, el Estado en forma de burocracia, permisos y guardias de tráfico. Pero encuentra muchas otras trabas que no tienen que ver directamente con el control político e, incluso, no pocas que la autoridad puede aliviar.

Nuestro hombre puede, por ejemplo, vivir en un barrio con una altísima delincuencia en el que pasear de noche sea jugarse la vida o, al menos, los cuartos. Sentirá, entonces, que no es libre para darse una vuelta a las 11 de la noche aunque ninguna ley le prohíba hacerlo.

De modo similar, si lleva una larga temporada en paro y tiene una familia que alimentar y al fin una empresa le ofrece un trabajo, la ‘libertad’ que tiene para discutir las condiciones laborales es, cuando menos, bastante discutible. En la teoría, estamos hablando de un contrato firmado libérrimamente por las dos partes. En la práctica, todos sabemos que eso no es así, y que la necesidad no obliga menos que el miedo a una multa o a la cárcel.

Anuncios