Desde que, con 9 o 10 años, mi padrino me regalara un libro lleno de coloridas láminas sobre las Cruzadas, me ha fascinado el Reino Cristiano de Jerusalén. Durante casi un siglo, franceses, normandos, italianos y flamencos reprodujeron un Estado medieval europeo en el corazón de Oriente Medio, en la tierra más disputada del planeta, un anómalo injerto de la Cristiandad en un mundo musulmán.

La fase final del Mundial de Brasil ha coincidido con la última -por el momento- crisis en el inacabable conflicto palestino-israelí, y en las redes sociales resultaba difícil distinguir el nivel de ciego forofismo de futboleros y partidarios de uno y otro bando en el drama de Oriente Medio. Y no he podido dejar de pensar en el destino del Reino Cristiano de Jerusalén.

Israel me ha fascinado siempre por la misma razón: porque es un audaz experimento, una anomalía histórica, una isla occidental en un mar islámico. Entiendo al lector que se eche las manos a la cabeza y me diga que un fenómeno no tiene nada que ver con el otro.

Lo sé, como sé que al ‘hincha geopolítico’ le obsesiona la absoluta pureza de su bando y la absoluta iniquidad del contrario, en una guerra dialéctica que deshumaniza al contrario. A mí, en cambio, me interesa mucho menos quién tiene razón que lo que vaya a suceder.

En un sentido, el sueño de Theodor Herzl -una patria propia para los judíos- se ha cumplido más allá de las más locas fantasías de los primeros sionistas, como en un milagro bíblico. En otro -que el Estado judío sea una nación normal, como las demás naciones, que englobe a todos los judíos-, ha fracasado estrepitosamente. Hoy viven más judíos fuera que dentro de Israel, y en la mayoría de los casos sin la menor intención de hacer la aliyá. Israel tiene la fuerza, pero sus enemigos pueden sufrir mil derrotas y seguir. Una derrota de Israel, en cambio, sería la última, su Batalla de los Cuernos de Hattin.

Publicado el 15.07.2014 en The Objective

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