Boko Haram nos parecería inverosímil incluso como parodia en una mala novela. El grupo islamista nigeriano es demasiado perfecto como reflejo invertido de Occidente; acumula hasta el ridículo demasiados rasgos de lo que nuestro mundo aborrece, es un terror demasiado expresionista, como si le hubieran pedido a un niño que dibujase el mal con los colores más vivos de su caja de ceras.

Hasta el nombre es demasiado perfecto: ‘Boko’, versión pidging del inglés ‘libro’ como síntesis de toda la cultura occidental, de toda su educación, y el árabe ‘haram’, prohibido; un trasunto salvaje y nada sutil de ‘Fahrenheit 451’. Representan el fanatismo religioso, la negación del saber, la violencia como ‘ultima ratio’, la sumisión absoluta de la mujer, el desprecio total por la vida de los ajenos a la tribu. Quemar chicos adolescentes, secuestrar niñas para venderlas o encerrarlas en un harén. ¿Alguien da más? ¿Alguien PUEDE dar más?

Pero quedarse en la sanguinaria anécdota de Boko Haram, cubrirla con ‘hashtags’ buenistas en las redes sociales y regodearse en la distancia que nos separa a nosotros, europeos bienpensantes, de esa caterva de salvajes es perderse uno de los fenómenos geopolíticos más importantes de nuestra época: la guerra por el Sahel.

El reciente secuestro de la mujer del viceprimer ministro de Camerún por efectivos de Boko Haram da bastantes pistas en este sentido; para empezar, muestra que, en esta zona de África al menos, las fronteras no son demasiado significativas.

Nigeria es el lugar perfecto para observar el fenómeno, un país multiétnico y multirreligioso y muy poblado. Pero no es un caso aislado: quien se moleste en mirar un mapa y trazar una línea diez grados al norte del ecuador observará que es donde se centran los conflictos: donde acaba el desierto y empieza la selva.

Publicado el 29.07.2014 en The Objective

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