La tarea del redactor de Internacional es ingrata. Es sabido que la primera baja en cualquier guerra es la verdad, nada especial aquí, salvo que la escena internacional es una permanente situación de guerra caliente o diplomática, es decir, de guerra por otros medios. Todas las partes de cualquier conflicto van a poner tantos palos en las ruedas del informador como puedan para arrimar el ascua a su sardina.

Se me dirá que sucede igual en todos los campos, que en Nacional, por quedarnos en casa, o en Economía, que es Nacional en versión numérica, de los políticos se puede saber que mienten porque están hablando, que Zapatero negó la crisis y Montoro celebra habernos sacado de ella. Es cierto, pero también lo es que sus mentiras son efímeras como todo en el juego electoral.

No así en el panorama geopolítico. Aquí se juegan las grandes ligas y se pone toda la carne -los recursos de los Estados más poderosos del mundo- en el asador. Las probabilidades que tiene el jefe de Internacional de un diario de Marsella de conocer con certeza quién, cómo y por qué derribó el vuelo MH17 de Malaysia Airlines son virtualmente inexistentes. Ha tenido que pasar un siglo para que los historiadores concluyan que la explosión del Maine, que provocó la guerra hispano-norteamericana y la pérdida de los últimos restos del imperio español, no tuvo nada que ver con España.

No es que eso arredre a la prensa, que de un tiempo a esta parte ha descubierto que el amarillo es su color favorito. Todavía no se sabía de la misa la mitad y ya el británico The Sun titulaba en su aparatosa primera: ‘El misil de Putin’. Con un par.

El historial no es demasiado bueno. Walter Duranty, corresponsal en Moscú de The New York Times, ganó el Premio Pulitzer básicamente con la cantinela aznarista de que “la URSS va bien”, al tiempo que en Ucrania se llevaba a cabo la espantosa hambruna planificada del Holodomor.

Publicado el 22.07.2014 en The Objective

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