El islam es una fe simple como el desierto en el que nació.

Como todo en el desierto, es clara, tajante y simple; como ese esquema de árbol, ese árbol minimalista que es la palmera.

Esa simplicidad es el secreto de su éxito histórico. Y de sus horrores. No pide que el fiel se vuelva loco distinguiendo personas en Dios, que no solo es uno sino que parece estar terriblemente solo como un déspota oriental; ni deja de ver en su profeta otra cosa que un hombre, auque, eso sí, Insan al-Kamil, el Hombre Perfecto.

Tampoco se complica mucho con la moral: es bueno lo que ordena Alá, sin cuestionarlo o razonarlo. Nada de principios generales: robar, matar o mentir serán buenos o malos según favorezca o no al avance de esa tribu gigantesca que es la Umma, la comunidad de los creyentes. No hay una autoridad religiosa distinta de la civil y no hay, propiamente hablando, clero. El mundo se divide en la Casa del Islam y la Casa de la Guerra. No hay más vueltas que darles. Simple, ya digo.

Eso no significa, claro, que todos los musulmanes sean como los bárbaros del ISIS, ni siquiera la mayoría. Pero significa algo casi igual de problemático: no hay base doctrinal para decir que eso que hacen no es “el verdadero Islam”, como hacen tantos líderes occidentales metidos a teólogos. Y, puestos a desatar los oscuros instintos tribales de destrucción que anidan en el alma humana, creer que cumples la voluntad de Alá proporciona una horripilante concentración en el objetivo. Porque de los placeres inconfesables del ser humano, poder destruir y arrasar al tiempo que te sientes moralmente superior es uno de los mayores y más peligrosos.

En Occidente hemos decidido que tanto da ocho que ochenta, que nada es blanco ni negro, solo gris, y el único pecado imperdonable es creer en el pecado. Occidente es la duda, y por eso se refugia en sus nimios combates con molinos de humo para no enfrentarse a esa sangrienta certeza.

Publicado el 12.08.2014 en The Objective

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