Un periodista que miente no es solo un mal periodista, sino también un pésimo manipulador. La mentira descarada tiene el insidioso hábito de dejarse desmontar, desprestigiando al periodista y al medio.

Pero en un mundo complejísimo donde pululan más de 7.000 millones de seres humanos, mentir es la forma más torpe e ineficaz de vender tu mensaje. Un procedimiento mucho más popular es la omisión. De todas las masacres, elijo esta; de todas las injusticias, decidido publicar -y comentar, y analizar hasta el hartazgo- esta otra; de todos los crímenes, estudios, estadísticas, tendencias, datos, me quedo con los que confirman mi visión del mundo o avanzan mis intereses.

El hombre corriente, el que se levanta temprano para ir a trabajar y apenas encuentra horas en el día para sus aficiones y para estar con sus amigos, carece del tiempo y la inclinación necesarios para ordenar el mundo por su cuenta, y fía su conocimiento en los medios. Las redes sociales apenas alteran este monopolio, porque siguen más o menos fielmente el liderazgo de los periodistas.

¿Sabía usted algo de los yezidíes, de los modernos asirios? Seguiría sin saberlo si los periodistas no hubieran puesto el foco de la cámara en sus desdichas, como ignora las reivindicaciones de los shan en Birmania o de las incontables tribus que se masacran mutuamente en ese ‘corazón de las tinieblas’ que es el Congo.

¿Le suena Michael Brown, de Ferguson? Probablemente, porque su muerte a manos de un policía blanco desencadenó días de pillaje y ocupación policial en la ciudad de Misuri. Bastante más dudoso es que haya oído hablar de Dillon Taylor, también muerto a manos de un policía solo dos días después. Pero Taylor era blanco, y el policía que le mató no, así que su muerte no se ajusta a la narrativa oficial de los medios. Nada que ver aquí: sigan circulando.

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