Siempre, desde pequeño, me gustaron los mapas. No fue hasta hacerme mayor que me di cuenta de que mentían, al menos, los políticos. Ahí estaba mi país, España, identificado con su bandera y limitado con líneas no menos seguras y precisas que, digamos, Nigeria o Irak, también con sus respectivas banderas, jefes de Estado y PIB percápita. No había, no hay, puntos muertos, espacios en blanco, zonas marcadas con un misterioso ‘Hic sunt dracones’.

Ahora sé que el Estado nación es un magnífico invento de mis mayores que, si en Occidente surgió y se consolidó de modo orgánico, en la mayor parte del mundo se impuso por la fuerza y de cualquier manera. Y así tenemos ahora el atlas mundial, hecho unos zorros.

Boko Haram ha proclamado en el recién conquistado municipio de Gwoza su pertenencia al Califato Universal y ha declarado que ya no tienen nada que ver con Nigeria. Oh, bueno, no es como si ‘Nigeria’ fuera la identidad primaria de igbos, yorubas o hausas. Tampoco al califato que presuntamente ostenta el copyright, el ISIS, parecen importarle mucho esas fronteras que trazaron británicos y franceses tras desmembrar el Imperio Otomano.

A este lado del ‘limes’, tampoco parece que el Estado nación como identidad primaria viva sus días más felices. África sigue llegando como mi profesor de Historia definía la entrada de los celtas en la Península, en oleadas sucesivas, y un rapero nominalmente británico ha decapitado a un periodista en algún lugar de ¿Irak? en nombre del califato. Mientras, en Ucrania, a quienes estábamos a otras cosas nos ha sorprendido la cantidad de ‘ucranianos’ que no parecen muy entusiasmados con la idea de seguir siéndolo.

El paro es una plaga que parece instalada e intratable en medio mundo, pero hay un sector al que le auguro en los próximos años una ocupación cercana al 100%: los cartógrafos.

Publicado el 26.08.2014 en The Objective

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