La sangre es real, y el cadáver del periodista británico Steven Joel Sotloff -el segundo en pocos días, tras la decapitación del americano James Foley- es una prueba espeluznante y trágica de la seriedad de todo el asunto. Y, sin embargo…

Sin embargo, es como si los elementos del drama fueran demasiado discordantes para no ver algo impostado, teatral, artificial. La sagacidad de los militantes que conocen el valor que en Occidente tiene la vida de un periodista y el efecto propagandístico de su muerte, el uso propio de un ‘geek’ de las más modernas tecnologías de comunicación -móviles, cámaras digitales, redes wifi, canales de Youtube, Twitter…- y el reclutamiento de muchos muyahidines occidentales que hasta ayer estaban jugando a la Play en Londres, París o Minnesota casan mal con el cuchillo y el degüello, con la venta de niñas como esclavas, con la crucifixión de cristianos y un modo de entender la vida de una horripilante y cruenta simpleza.

Parece una parodia del mito del progreso, como si la historia tuviera sentido de la ironía y quisiera burlarse de toda nuestra insensata suficiencia. Recuerdo, por repetido, el argumento: oh, sí, el mundo está todavía lleno de salvajismo y superstición, de prácticas crueles y ritos oscuros. Pero bastará que lleguemos nosotros con nuestros televisores, móviles e Internet a sus países y con ellos se imbuirán de democracia, derechos humanos, igualdad de sexos y todo el paquete básico de nuestra civilización. Igualábamos de algún modo progreso material con civilización, pero mi madre no necesita hacer una ingeniería para manejar un móvil, y muchos militantes del ISIS -para nuestro terror- han elegido voluntariamente su senda de cruda y crienta interpretación del Corán después de años de chatear con los colegas por Whatsapp.

Publicado el 03.09.2014 en The Objective

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