“Llevé a la policía una lista con 150 nombres de los que me había violado”, cuenta una las entonces 1.400 niñas violadas a diario en la localidad inglesa de Rotherham. “No hicieron nada”.

Nos gobiernan nuestros enemigos.

Imagino que ni el demócrata más iluso esperaría que las urnas fueran a ofrecernos un gobierno en todo y para todo idéntico de la gente que lo ha elegido, con los intereses del electorado como único norte y guía de su actuación. Pero lo que estamos contemplando con impotencia en Occidente es una elite política que parece tratar a sus votantes como a un pueblo conquistado que despreciara.

En Rotherham hemos visto de frente la muerte de nuestra civilización. Una banda de paquistaníes -‘asiáticos’ es el término que usa el informe, en su vigésimo párrafo- se pasó 16 años violando, esclavizando sexualmente, vendiendo y alquilando los servicios sexuales de niñas desde los 11 años de edad con total desparpajo ante la indiferencia de unas autoridades que, en ese tiempo, habían recibido hasta tres informes sobre el horror. Algunos padres que intentaron detener la explotación de sus propias hijas llegaron incluso a ser detenidos, en el caso más grotesco hasta la fecha de anarcotiranía.

En mi última columna hablaba de la muerte en Ferguson, Misuri, a manos de un policía de un joven negro que acababa de robar una tienda y que según doce testigos se abalanzó sobre el agente. La ciudad ha ardido durante días de protestas, pillajes y ocupación paramilitar y todavía hay manifestaciones por todo el país. En Rotherham, el horrible calvario de millares de niñas solo ha producido una dimisión, pocos titulares y ninguna manifestación. Una vez más, estamos ante un horror que no casa con la narrativa oficial, y la prensa se ha hecho cómplice del poder ninguneándolo.

No sé cómo calificar esa reacción, sino diciendo que Occidente está dominado por una pulsión de muerte.

Publicado el 02.09.2014 en The Objective

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