Si mi última columna en The Objective pretendía ser una reflexión, frustrantemente incompleta, sobre la peligrosa realidad virtual en que la geopolítica se ha convertido para el ciudadano occidental, algunas reacciones a mi breve escrito han confirmado lo que sostenía más allá de mis esperanzas.

Mi favorito es un tuit tan significativo que podría haberlo escrito yo para abonar mi tesis a sensu contrario: “Ya estas tardando en ir a Irak a predicar La Paz y el diálogo con los de ISIS… Yo te espero aquí…”.

Es decir, para responder a una columna en la que defiendo la no intervención,  se me acusa de intervencionismo. La respuesta era tan evidente que la obvié: si crees que debe haber guerra, coge un fusil y vete para Irak.

Por supuesto, no creo que la idea haya cruzado la imaginación de este tuitero que, como casi todos los occidentales, verá la guerra como una subcontrata, a lo más una partida de Call of Duty y, en todo caso, un expediente sencillo del que se ocupan otros.

Supongo que el tuit es en buena parte consecuencia del ‘pensamiento en pack’, del que he hablado a menudo: uno es de esta tribu o de la contraria, y las ‘posiciones’ ante cada nuevo asunto actúan a modo de código o contraseña: sí estás con unos, va de suyo que estás contra todo lo que haga Estados Unidos y, digamos, ves en el Cambio Climático una verdad revelada; si con los otros, cualquier intervención americana cuenta con tu bendición y el cambio climático es una filfa. Curioso, pero comprobable cada día.

Otra crítica que he recibido es que mi posición es insensible, desalmada. Esto es también muy posmoderno, porque ignora dos factores demasiado fáciles de olvidar desde nuestra vida tranquila y próspera.

El primero es que la guerra es eso que nos muestran. Lo que hace ISIS podrá ser más teatral, pero el mundo bulle de conflictos brutales donde las masacres son tan habituales como para nosotros desayunar. Aterrorizar al contrario con la más abyecta brutalidad es procedimiento habitual en cualquier guerra, como lo son las violaciones y las torturas. ¿Estamos dispuestos a intervenir en todas? ¿Congo, donde llevan ya seis millones de muertos, en media África donde los niños forman parte habitual de las tropas, Somalia sin ley, Cachemira, la Corea del Norte de los campos de concentración, Sudán del Sur… Hay mucho donde elegir.

Y eso lleva al segundo malentendido: suponer que la respuesta, la intervención militar, no reproduce todas esas cosas que nos han indignado. Que, misteriosamente, nuestros soldados no sembrarán la muerte, destruirán familias, sembrarán odio; que los soldados podrán matar sin convertirse nunca en verdugos, que jamás humillarán y torturarán a los prisioneros por muy saturados de horror y muerte que estén.

Eso es absurdo; eso supera  los extremos más enloquecidos del racismo, postulando que ‘los nuestros’ son una especie animal diferente que puede ganar guerras con la precisión de un cirujano y atravesar el infierno sin que el infierno les cambie y les trastorne.

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