Nada más conocerse oficialmente la victoria del ‘no’ en el referéndum sobre la independencia de Escocia, el primer ministro británico vino a declarar que con este resultado acababa el debate. Que lo diga es perfectamente lógico, pero que se lo crea sería bastante grave. La cosa no ha hecho más que empezar.

Con una muestra, es cierto, muy poco representativa se publicó en la red una encuesta con un resultado por lo demás esperable: la proporción de síes entre los votantes más jóvenes es muy alta, y muy baja entre los mayores de 65. Y aunque es verdad, como han apuntado no pocos en las redes sociales, que los adolescentes tienden a ser de ideas extremas y los mayores, más conservadores en sus opiniones, también lo es que unos y otros han crecido con experiencias muy distintas de lo que significa ser británico.

Un escocés de más de 65 años vivía probablemente cuando la India era todavía la joya del imperio, se crió con los recuerdos frescos de ‘Britain’s finest hour’, el desafío en solitario a la Alemania nazi y en una época en que el inglés medio aún se sentía avergonzado de tener que depender del Estado.

El escocés de 16, criado en la doctrina de la autoestima rampante, lleva oyendo desde que nació que el mundo le debe todo, que el Estado debe ocuparse del él desde la cuna hasta la tumba, que su país ha sido ‘el malo de la película’ durante siglos y que enorgullecerse de ser británico es xenófobo y racista.

Hay miles de teorías que explican el reciente auge del secesionismo europeo, y no creo que sea extraño a él el esfuerzo por diluir todas las culturas nacionales en una imposible identidad europea, pero creo que se descuida un factor que considero esencial: el deseo de una identidad que podamos reivindicar sin avergonzarnos, aunque para ello tengamos que inventarla en buena medida. Uno de los lemas más repetidos de la campaña por el ‘no’ era “no vale la pena el riesgo”. Vale, ha funcionado, pero ¿quién puede entusiasmarse con una consigna tan cobarde?

Publicado el 23.09.2014 en The Objective

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