Es el visitante inesperado que amenaza con arruinarnos la fiesta. Todos los demás -recortes, crisis, paro, deuda- estaban en la lista, aunque no nos gusten. Con este, en cambio, no contábamos.

El ébola, naturalmente, puede quedar en un asesino en serie de poca monta comparado con lo que teme el subconsciente occidental, pero solo un puñado de casos han bastado para poner muy nervioso al Primer Mundo.

La enfermedad aún es nada para lo que África vive a diario: en España, un misionero muerto y una enfermera enferma. Pero en nuestra memoria ancestral despierta el eco de pasadas pesadillas, de la Gripe Española matando muchos más en un año de los que cayeron en la Primera Guerra Mundial en un lustro; de la Peste Negra y el carro de los muertos e imágenes de una plaga invisible y roja que convierte en cualquier momento a nuestros vecinos en enemigos implacables.

El ébola -más lo que puede ser que lo que es- ha tocado a la puerta de un Occidente que solo hace cola para comprar lo último de Apple y que considera tímidos recortes en lo que se da gratis como causa sobrada para demoler hasta el polvo todo el sistema. A través del iPad o el iPhone, naturalmente.

Aún de este horror, sobre todo si queda en mera alarma injustificada, podría salir un bien. Hace tiempo que en Occidente la muerte es algo que les pasa a otros, algo que es de mal gusto airear y que debe solventarse en silencio y soledad. Incluso un producto de consumo con la llegada, a la vuelta de la esquina, de la eutanasia legal.

Sin un solo caso más, este mal que parece diseñado por nuestros miedos colectivos ya nos ha servido de aviso de todos los ‘cisnes negros’ que aguardan en cualquier revuelta de la historia. El rostro espantoso del ébola es ya un ‘memento mori’ para nuestra civilización, un oportuno recordatorio a nuestra arrogancia de que quedarnos sin el último modelo de teléfono móvil o tener que pagar parte de lo que consumimos no es lo peor que puede pasarnos.

Publicado el 14.10.2014 en The Objective

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