A cualquier rincón del mundo le pueden acaecer desgracias bastante peores que haber sido colonizado por Gran Bretaña.

En Hong Kong se han dado cuenta al fin de que el traspaso de soberanía a China de aquel infausto 1 de julio de 1997, los chinos de la ex colonia, pese a su ancestral sagacidad, no hicieron el mejor negocio.

La habitual y obligatoria cháchara anticolonial de nuestro tiempo es, como todo en el tedioso canon posmoderno, alérgica al matiz y de una implacabilidad contra el tibio que haría pasar por tolerante a Juan Calvino. Es así que se hace sospechoso de herejía quien señale lo obvio en este asunto, a saber: que no es en absoluto lo mismo que tu tierra sea esquilmada -por apuntarnos al cinismo reinante en esto- por Holanda o Bélgica que por Gran Bretaña.

Si dudan de mi aserto, le sugiero que intenten hacer negocios en Malasia e Indonesia, dos países hermanados por la geografía y la cultura y separados por la potencia que los colonizó y, a la postre, les dio conciencia nacional: Gran Bretaña y Holanda. Sabrá hasta qué punto es tranquilizador asistir a un tribunal y ver que los jueces llevan esas ridículas pelucas de crin.

En un momento en que a Kipling se le lee menos con mero rechazo que con incrédulo estupor, los manifestante contra Pekín de la ex colonia vienen a recordarnos que, si bien los Han del lugar sufrían la muy teórica indignidad de ser gobernados por los bárbados narigudos, gozaban de la muy práctica libertad que otorga la ‘rule of law’ británica, la misma que hizo millonarios a tantos nativos mientras las hambrunas se llevaban a millones por delante a un tiro de piedra de allí.

Exigen “mayor democracia” a un régimen que aplastó sin miramientos mayores y más cercanas protestas en Tiananmén, en una masacre ante la que Occidente, ahíto de cachivaches ‘made in China’ y zalamero con la superpotencia económica oriental, supo mirar para otro lado.

Publicado el 30.09.2014 en The Objective 

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