De las partes más amargas de hacer información o estudiar historia es la constante confirmación de que, a menudo, sí hay paz para los malvados. Jean-Claude Duvalier, ‘Baby Doc’, feroz dictador hereditario de Haití tras la muerte de su padre, ‘Papa Doc’, ha muerto de un ataque al corazón sin que la justicia le haya puesto un dedo encima.

A medio camino entre la literatura de terror y el realismo mágico, la historia de Haití es la prueba de que “extraordinario” y “fascinante” son adjetivos que, contrariamente a la costumbre, pueden aplicarse a realidades espantosas. Porque pocos países han tenido una historia más fascinante, más colorista y más trágica. Es, como titula sus memorias del país el escritor norteamericano Herbert Gold, “la mejor pesadilla sobre la tierra”.

Ha sido original en muchas cosas, pocas buenas: el primer Estado moderno gobernado por negros -por esclavos de primera generación, para ser precisos-, el primero del Caribe en lograr la independencia, el primer ‘imperio’ -ha tenido dos- del Continente bajo Jacques I Dessalines, el país más pobre de América… Uno no espera buena noticias procedentes de Haití, y hace bien porque no las hay. Solo terremotos, matanzas, una espantosa sucesión de dictadores y una miseria que puede apreciarse desde el aire en la frontera con la República Dominicana: allí donde acaban abruptamente los árboles y empieza un páramo en el que no crece una brizna de hierna, allí comienza Haití: una deforestación del 98% ha convertido el país en un erial en el que las lluvias se convierten sin oposición en terribles inundaciones. Duvalier heredó de su padre el cargo y los métodos. No faltó nada, desde un vudú omnipresente en la isla -‘Papa Doc’ esparció el rumor de que él era la reencarnación del Baron Samedi, el dios de los muertos-, hasta los implacables ‘tonton macouts’, una salvaje y secreta guardia pretoriana que reprimía la menor oposición o crítica con una violencia espantosa. Al final, Estados Unidos, que ya en el pasado había ocupado la nación, se cansó de tanta salvajada y propició en 1986 un golpe de Estado. El ‘castigo’ para el tirano fue un exilio dorado con una fortuna de 500 millones de dólares en Francia, donde su esposa Michèle Bennett dedicó a codearse con lo mejorcito de la sociedad gala y a hacer felices a los joyeros de París.

Publicado el 07.10.2014 en The Objective

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