Lo de los árboles y el bosque sigue siendo tan cierto hoy como cuando se inventó el refrán o, al menos, me sirve de magnífica excusa para ignorar los inanes debates televisivos y no estar muy atento al baile de nombres y minucias que constituyen la política minúscula.

Para quien no se pierde, en fin, entre los árboles, a veces le basta una hoja para analizar el bosque. Prueba A, este delicioso tuit de la socialista Beatriz Talegón, que me dice más del socialismo moderno de lo que me atrevería a esperar en tan pocos caracteres.

Primero, proyección. Esto es básico en el navajeo político: “No me sorprende verte en televisión escalando”. Da la casualidad de que viví los días de esplendor y gloria de esta joven promesa del socialismo español mientras trabaja en un medio de comunicación, y puedo dar fe de que la joven no parecía especialmente molesta bajo los focos, ni siquiera cuando tantos la veían escalando.

Segundo, ese epíteto tan revelador: “hortera”. Que la izquierda desprecia, antes que nada, al pueblo llano y a las clases populares es algo que observo desde hace tiempo, pero en general sus representantes no solo se abstienen de hacerlo tan explícito sino que, por lo común, pretenden siempre hablar en nombre de los más desfavorecidos. Que entre los muchos calificativos denigratorios con los que Talegón podría castigar a Sánchez haya elegido el que inventaron los snobs como desprecio al populacho arribista es, me parece, bastante significativo.

Pero falta lo mejor, el comedor social, el ternurismo izquierdista.
He defendido a menudo a los izquierdistas a quienes se reprocha que tengan iPad, una buena casa, un coche lujoso o, en fin, cualquiera de las muchas cosas que hacen la vida más agradable y que, por tanto, son deseables y deseadas por casi todos.

Mi alegato de defensa es obvio: la izquierda es una ideología, una forma de entender cómo prefiere uno organizar la sociedad. En este sentido, es perfectamente razonable que uno haga lo que esté en su mano para traer ese orden al tiempo que, en su vida privada, tratar como cualquiera de vivir del modo más grato y seguro dentro de las circunstancia y la ética personal. Servir en un comedor social no adelanta un ápice la llegada del socialismo; los marxistas clásicos creían, incluso, que la atrasa.

Pero todo esto, naturalmente, es teoría. Nunca ha sido así. La izquierda es una herejía del cristianismo y tiene su propia ascesis, de ahí que sus líderes eviten como la peste las asociaciones personales públicas con la buena vida, ya sea una grandiosa mariscada o volar en primera clase. Si reflexionáramos medio minuto advertiríamos lo poco frecuente que debe de ser que -alergias alimentarias aparte- uno desprecie el buen marisco o lo poco que tiene que ver con el orden social que el engullidor defiende.

La nueva hipocresía no es menor que la antigua y la vemos, además, amplificada por los medios. Yo no soy socialista, pero de serlo no querría ver a Sánchez o a cualquiera de los líderes de mi partido en esos denterosos paripés.

Habla Talegón de servir a los menesterosos sin maquillajes. Pero es que estar allí ya sería el maquillaje definitivo, como sabe perfectamente nuestra alevín política.

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