En su entrevista con Ana Pastor, el diputado malagueño por Izquierda Unida Alberto Garzón vino a confirmar lo que tantas veces he repetido: la izquierda no es una ideología.

Dijo Alberto Garzón, literalmente: “Una persona que es un delincuente no puede ser de izquierdas”

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No sé si Garzón entiende el alcance de su afirmación. Supone, para empezar, que el debate se hace imposible. No hay una visión política, de la mejor forma de gobernar la polis, que pueda discutirse o sostenerse de forma lógica, porque la izquierda no es una propuesta intelectual, sino un compromiso personal.

No, ni siquiera: una religión es un compromiso personal, que compromete la vida entera del individuo, pero uno no deja de pertenecer a ella por desobedecer sus principios, por mostrar una conducta incoherente, por lo que siempre se ha llamado ‘pecar’.

Ser de izquierda va más allá, participa del esencialismo calvinista. Uno no se porta bien, simplemente, sino que ES bueno, incapacitado, pues, para hacer el mal, igual que el réprobo no puede hacer realmente el bien.

Ser de izquierdas es estar del lado de los ángeles, no hay discusión posible entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas.

Y esta ridiculez que ha dicho en público todo un diputado, haciendo de una opción política sinónimo de impecabilidad, me temo, explica buena parte del éxito mediático de la izquierda y está interiorizada en muchos de los izquierdistas que he conocido personal o indirectamente. Nada en la historia del sucesivo fracaso, de la miseria, opresión y represión en que se ha traducido siempre el intento de imponer sus tesis, puede mancharla, porque todo lo que no funciona, todo lo malo, inmoral, se convierte, automáticamente y por el hecho de serlo, en no izquierda.

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