Es de estricta justicia que agradezca al periodista Javier Salas, que conocí como redactor en Público y que hoy escribe, entre otras publicaciones, para el periódico científico Materia, el tirón de orejas que me dio ayer.

La arrogancia se castiga, y si uno va por ahí diciendo que hay que poner mil ojos en lo que lee y recelar especialmente de lo que parece confirmar sus tesis, es frecuente justicia poética que caiga más temprano que tarde en el vicio contra el que predica.

Fue mi caso. Saltando de web en web encontré en una de ellas la noticia de que las fulminantes deportaciones de inmigrantes emprendidas por la primer ministro noruega  Erna Solberg el pasado octubre habían reducido la tasa de crímenes violentos “en más del 30%”, y -mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa- me faltó tiempo para tuitearlo.

Para mayor mortificación personal, me tragué con toda paz la insinuación de que se trataba, si no en su totalidad, sí mayoritariamente de musulmanes.

¿Qué es verdad y qué no lo es en esta información? Son verdad indudablemente las deportaciones. Es cierto el marcado descenso de la criminalidad, comentado por los políticos noruegos aunque no he conseguido encontrar cifra fiable.

¿De dónde sale, entonces, esa cifra del 30-31%? Del más indecente partidismo y de una lectura inexcusablemente precipitada de los datos: 31% es el aumento de las deportaciones de delincuentes extranjeros con respecto al año anterior.

La cifra aproximada sigue apareciendo con cierta tozudez en los datos comprobables, pero no referida al descenso de la delincuencia violenta. Así, lejos de ser la mayoría, los musulmanes representan algo menos de un tercio de los deportados. Y es asimismo comprobable que en algún punto de estos últimos años la proporción de extranjeros en cárceles noruegas ha alcanzado -otra vez la cifra- el 30% del total.

Me pongo, pues, de ejemplo de lo que no debe hacerse y de lo que es muy tentador hacer.

Solo añadiré un modesto ruego a la prensa seria, convencional y masiva. Estos errores de bulto y esos bulos que corren como liebres por Internet, ¿no se combatirían mejor dando la noticia correcta en lugar de ignorarla? ¿Cuáles son los verdaderos datos? ¿No quedaremos en manos de cualquier traficante de rumores si la prensa que dispone de los profesionales, la experiencia y los medios para desentrañar una información la rehuye cuando no se ajusta a una narrativa previa?

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