Es común que nos pasemos media vida protestando de ser inclasificables y la otra media buscando acomodo en las taxonomías al uso, y esa es la razón del éxito en la red de tanto test político que aspira a clavarte como mariposa de coleccionista en la especie, familia y clase correctas, superando en lo posible el esquema unidimensional de izquierda y derecha, tan cansino.

Confieso que yo mismo he picado, pero me parecían las preguntas tan transparentes que equivalía a decirte si eras socialdemócrata preguntándote si eras socialdemócrata. Es decir, me fascina el concepto pero lo encuentro mal resuelto; casi preferiría una de esas preguntas idiotas de los nuevos Recursos Humanos, que quieren saber qué árbol serías si fueras un árbol (álamo).

Por eso me encantó el otro día darme de bruces con uno de estos test IRL (es decir, en el mundo real) sin siquiera pretenderlo.
Íbamos por el Paseo de La Castellana de Madrid, de ese buen humor animal que te deja una comida compartida y bien regada, cinco tipos de distintas edades, condiciones y, como pude comprobar tras el improvisado test, ideas políticas. No les llamaría exactamente amigos, apenas sé nada de sus circunstancias familiares o profesionales, pero nos une esa intensa camaradería que es casi exclusiva de nuestro sexo y que viene de compartir apasionadamente una afición más o menos excéntrica que no viene a cuento.

Subíamos, digo, por La Castellana, que en su día estuvo exclusivamente flanqueada por encantadores palacetes de los que el desarrollismo franquista y la prosperidad democrática dieron, en su mayoría, buena cuenta, aunque aún se ven aquí y allá, como reliquias de lo que pretendió ser esa avenida, dedicados a usos muy distintos a los originales. Y fue uno de estos el que nos proporcionó la base para el test de que hablo, y que podría resumirse en la pregunta: ¿qué uso le darías, si dependiera de ti, a este palacete?

Desencadenó la cosa Alberto, curiosamente uno de los más callados, por lo normal, del grupo, lo que en el momento me hizo pensar que no está muy acostumbrado a beber. Se lanzó a una espectacular diatriba no ya contra el que en su día fuera afortunado propietario del inmueble, sino también con su propia perpetuación. El modo correcto de superar esos tiempos de salvaje desigualdad social era tirar abajo ese reflejo de pasadas injusticias y levantar en su lugar un edificio moderno y racional dedicado, en compensación, a los más desfavorecidos: un centro de desintoxicación, un hospital de la Seguridad Social, un instituto dedicado a la integración de inmigrantes…

Él mismo pareció asustarse del ardor que puso en la arenga, de modo que la cerró bruscamente y buscó entre nosotros opiniones disidentes.

Julián, algo mayor que Alberto y también, por lo común, más hablador, fue el primero en responderle. Coincidía con su compañero, dijo, tanto en celebrar el fin de esa época en la que se había construido el palacete como en la conveniencia de que pasara a uso público, pero tenía dos importantes objeciones que hacerle. La primera se refería a la demolición del local: estaba en contra. No se gana nada arramplando como bárbaros con un objeto sin duda bello, y si la cosa es crear edificios adecuados como hospitales o colegios, tendría más sentido hacerlo en solares nuevos o allí donde un edificio sin valor estético o cultural se cayera de viejo.

Como corolario de lo primero, Julián daría al edificio un fin más acorde con su grandiosidad. Hacer de él un museo, por ejemplo, o, aún mejor, una agencia o instituto público sería una forma de expresar la soberanía del común. El pueblo se siente soberano en sus instituciones y el entorno de estas, por tanto, debería rodearse con toda la magnificencia permitida en una democracia moderna. Que hubiera acertado y, efectivamente, estuviéramos contemplando un instituto público (de la Juventud, de la Mujer… no pregunten) es irrelevante al caso.

Se volvió al terminar Julián hacia Miguel, que no había dejado de sonreír con alguna suficiencia durante su exposición y que en nuestras reuniones solía sentarse junto a él y coincidir en los tan apasionados como triviales debates de nuestro hobby.
Miguel razonó que alguien en su día debió de pagar a un arquitecto para que le construyera esa casa, que con el tiempo pasaría de unas manos a otras en el libre juego del mercado. Sí, era sin duda afortunado y testimonio de la eficacia de la economía libre que el sin duda ocioso aristócrata que primero la habitara no fuera ya su dueño, pero, ¿por qué destinarlo a propiedad pública? Todo el mundo sabe que es el más ineficiente e insatisfactorio de los ocupantes, y si cualquiera con sentido debería ver que nuestro elefantiásico Estado necesita muchísimo menos de lo que tiene para ser eficaz, también es obvio que no precisa construcciones tan elegantes.

¿Qué destino daría él al palacete? El que quisieran darle los dueños, naturalmente. Actuando con total libertad, el mercado les iría forzando a darle el fin más adecuado, teniendo en cuenta la oferta y la demanda; podría, naturalmente, ser derribado para que se construyera en su lugar un bloque de viviendas si fuera ese el fin más rentable, o quizá venderlo como estaba a la mayor gloria de un exitoso capitán de las finanzas. Nadie tendría derecho a opinar más que sus dueños.

Fernando, que asentía silencioso durante la primera parte del discurso de Miguel, mantuvo torcido el gesto a lo largo de sus conclusiones. El propio Miguel le animó a que hablase, y con cierta renuencia -es el más reservado de los nuestros- empezó por decir que coincidía con Miguel en que la transferencia del encantador inmueble a la voraz propiedad pública no tenía sentido, pero se sentía más cerca de Julián sobre la conveniencia de asegurar tanto su conservación arquitectónica como su destino a un uso condigno a su relativa magnificencia. Si le forzaran a ir más allá, él aventuraría la sede de un gran banco o una fundación; tal vez un club privado, un hotelito ‘con encanto’…

En aquel momento todos se volvieron a mí, no solo por ser el único que, contra lo que acostumbro, no había hablado sino también porque había estallado en una carcajada.

– Es fantástico lo que ha pasado -respondí a la muda pregunta de sus miradas- Llevamos ya años viéndonos regularmente y nunca había sospechado vuestras ideas políticas ni, la verdad, tenía excesivo interés en conocerlas, que bastantes polémicas causa ya el asunto que nos reúne. Y ahora ha bastado un breve paseo y la contemplación de un palacete para que os hayáis retratado con tanta fidelidad como si estuvierais ante una urna; más, probablemente, porque aquí no ha habido estrategias. Puedo, sin miedo a equivocarme -aunque quizá sí a que me contradigáis, pero eso es otra cosa- que Alberto es de izquierda radical, no sé si comunista o socialista extremo; Julián es socialdemócrata -déjame terminar, por favor-, Miguel liberal y Fernando, conservador.

Afortunadamente vinieron a tomar con humor mis observaciones, a reconocer con matices mis apreciaciones e incluso a advertir lo divertido del test. Y, claro, quisieron aplicármelo, ahora con intención explícita: ¿qué destino le daría yo a ese palacete?

– Oh, yo soy un reaccionario, eso os lo puedo adelantar. Yo veo un palacete y tengo la indignante tendencia a desear que siga siendo un palacete, es decir, una vivienda. Me encantaría que lo habitara una familia y sus habitaciones, balcones y jardines sirvieran exactamente para lo que fueron diseñados y construidos: para que lo disfruten sus ocupantes, para ser vividos. Me da pena ver una pérgola tan bonita y pensar que el director general o el subdirector o lo que sea que dirige esta agencia no la disfrutará desayunando a su sombre, y que nadie dormirá en habitaciones que se pensaron como dormitorios. Sí, esa es mi elección: preferiría que aquí viviera alguien, y estaría doblemente contento si fueran descendientes de la misma familia que lo mandó construir y cada rincón guardara recuerdos de infancia para quienes todavía podrían llamar a este palacete su casa.
Reconozco -continué, que una vez que empiezo no es fácil pararme- que en este deseo mío hay mucho de instintivo, incluso de estético, pero es que los reaccionarios sentimos bastante respeto por los instintos y tenemos en mucho la estética. Aun así, creo que podría objetar racionalmente a cada una de vuestras visiones. Y si todavía os queda tiempo para tomaros unas cañas en esa terracita, lo haré.

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