Si uno cometiese la sandez de tomar en serio sus palabras, pensaría que la atrabiliaria tribu de los ‘hombres y mujeres de progreso’ se pasarían los días dando gracias a… al azar cósmico, digamos, de haber nacido en esta época de prodigios, en la que nunca tantos habían comido tan bien, los ríos se descontaminan, se elimina la lluvia ácida, las mujeres alcanzan todos los derechos –y un poco más–, los homosexuales pueden alardear de su orientación… En todos los criterios fijados por ellos mismos, todo va inconmensurablemente mejor que en cualquier otra época –salvo que hace diez años lo consideremos “otra época”–, todo son buenas noticias.

Y, sin embargo, uno percibe exactamente lo contrario, jeremiadas constantes, victimismo desatado y un permanente tono apocalíptico.

Dicen los sajones, con su característico desprecio por la lógica, que es una buena noticia que no haya noticias, pero para la izquierda es mucho mejor noticia la mala noticia.

Son, al final, hijos de Marx, que se tomó un trabajo ímprobo en sacarle las vergüenzas al capitalismo y demostrar, ejem, ‘científicamente’ cómo tenía que caer por su propio peso y luego fue espectacularmente breve y notablemente vago en la descripción de la parte buena, lo que suponía que vendría después. El Capital es como una Divina Comedia que dedicara los tres cantos al Infierno y amontonara el Purgatorio y el Cielo en un breve epílogo.
Para colmo de males, todas sus profecías salieron al revés. En lugar de depauperización del proletariado, en los países industrializados los trabajadores empezaron a ingresar las filas de la clase media, la Revolución se dio allí donde no debía –en palabras del propio Marx, Rusia era el país menos adecuado– y fue un desastre sin paliativos. Se volvió a intentar en China, en Vietnam, en Laos, en Somalia, en Etiopía, en Corea, en Cuba, en… siempre con el mismo resultado.

Eso ha llevado a la izquierda occidental –la que cuenta, no nos engañemos–, dueña del discurso, a ensayar dos estrategias simultáneas: dejar de insistir en el aspecto económico para aplicar en simplicísimo análisis marxista a otros campos –teoría de género, feminismo, ecologismo, indigenismo y así– e imitar a su profeta dejando que cada cual de los suyos imagine el ‘cielo en la tierra’ como le parezca al tiempo que se magnifican los (indudables) errores del sistema. En definitiva, oponer realidad a intenciones: imposible perder.
Si queréis enfurecer a un progresista, dadle buenas noticias de lo suyo. Se agobian cuando se le dice Occidente es cada vez más tolerante, suda frío al enterarse de que el clima no parece cambiar ni tan deprisa ni tan catastróficamente, y en cambio tiene que disimular un suspiro de alivio cuando alguien, en alguna parte –como no puede ser menos en un mundo imperfecto– le sirve para justificar sus disparates.

Publicado el 02.12.2013

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