Recuerdo, cuando se introdujo la World Wide Web, sentarme a escribir un reportaje. Hacía unas cuantas llamadas, consultaba unos datos, cotejaba, me ponía a escribir, pensaba un titular y una entradilla y lo entregaba. Era un proceso relativamente lineal, quizá con dos o tres pausas para atender alguna llamada o acercarme a la máquina de café. Hoy, en ese mismo proceso se cuelan los pitidos que me avisan de mensajes entrantes, consultas compulsivas en Twitter y Facebook, miradas de soslayo a Whatsapp. Han pasado horas y, en ese tiempo, he respondido a treinta tuits, actualizado mi estado en Facebook, me he reído con media docena de ‘gracias’ enviadas por Whatsapp y mantenido un debate por Gmail. Ah, sí, he escrito parte del artículo.

Me llamo Carlos Esteban y soy adicto a Internet. Sé que no es usual empezar un artículo con algo tan personal, pero sí lo es que el redactor confiese sus conflictos de interés en lo que escribe, y este es el mío. Cualquiera que me siga en Twitter sabrá de qué hablo. Soy de los que al entrar en un restaurante mira antes si tiene wifi que si tiene camareros.

Puedo decir en mi descargo que, trabajando en el mundo de la comunicación, tener presencia constante en las redes sociales es, más que útil, imprescindible. Pero, como cuando la tecnología nos prometió la ‘oficina sin papeles’, el ahorro de tiempo y el aumento de productividad que proporciona la ‘hiperconectividad’ de Internet queda más que anulada por la distracción continua y el fomento de una capacidad de atención no mucho mayor que la de Dory, el personaje de Buscando a Nemo. Y por eso no voy a comprar el Apple Watch cuando salga a la venta, gracias.

Sí, ya conozco la conmoción que ha causado el anuncio de su puesta a la venta en abril y leído a decenas de ‘true believers’ de la secta de la manzana exultando de este ‘mundo en tu muñeca’; sé que es llevar un ordenador personal a todas partes sin molestia y estar conectado con el universo donde quiera que vayas. Sé, incluso, por Market Watch, que un joven de Cantón, en China, un tal Zeng, de 21 años, confesó a la policía haberse dedicado a traficar con droga para financiarse la compra de un Apple Watch (la versión media, a un precio de unos 668 dólares). Y sé que, además, da la hora.

Empecemos por el pliego de descargo, la defensa del ‘conectado a todo, todo el tiempo’. Se han repetido tantas veces que uno podría repetir dormido las enormes ventajas de las nuevas tecnologías en la comunicación: permiten trabajar desde cualquier parte, acceder a cualquier fuente y comprobar cualquier dato. Ahorran en tiempo y coste de desplazamientos y liberan al trabajador de la necesidad de estar en un lugar concreto en un momento específico para realizar su tarea.

Sí, es obvio que toda esta tecnología nos permite ser más productivo. Pero, ¿lo hace? ¿Nos hace más o menos productivos? ¿No se aplica a esto, como a todo, una Ley de Rendimientos Decrecientes, de modo que la conexión universal, que en un principio multiplica la productividad, acaba produciendo el efecto contrario a partir de determinada dosis?

Eso parece, y eso es lo que concluye un metaestudio de la Universidad de Maryland centrado en el caso americano. Así, un 18 por ciento de los usuarios consultados confiesa que no puede pasar más de “unas pocas horas” sin entrar en su cuenta de Facebook y el 61 por ciento entra en redes sociales “al menos una vez al día”. De los usuarios de iPhone, un 28 por ciento comprueba su cuenta de Twitter antes de levantarse de la cama por la mañana. Se calcula que el americano medio dedica casi una cuarta parte de su jornada laboral a navegar por redes sociales y contestar correos sin ninguna relación con su tarea profesional. Más: entre un 60 y un 80 por ciento admite que no entra en Internet por necesidad, sino para matar el rato y entretenerse.

Para las empresas es ruinoso, más cuanto más grandes. El coste anual de estas horas no trabajadas ascienden a decenas de millones. Y a eso hay que sumarle que, según numerosos estudios, consultar sus cuentas en ciertas redes sociales puede hacer que el sujeto se sienta peor que antes de hacerlo, con lo que tenemos unos empleados que dedican buena parte de su jornada a chatear y, cuando trabajan, lo hacen con peor motivación.

Dejamos fuera los casos extremos, los que han justificado que en 2009 se abriera en Estados Unidos el primer centro de rehabilitación para los yonquis de las redes sociales, porque eso tiene tanto que ver con la adicción a Internet como con la moda de medicalizarlo todo y llamar adicción a cualquier hábito desmesurado.

Pero no les voy a engañar: no soy una pyme, ni siquiera -lejos de mí tal acusación- un ‘workaholic‘, con lo que he dejado para el final la razón de mayor peso para no comprarme el último y codiciado producto de Apple, aun admitiendo que me lo pudiera permitir: es una cadena, un dogal de esclavo. Sí, con una batería con 18 horas de vida útil, un diseño extraordinario, maravillosa usabilidad y un montón de prestaciones, pero una cadena.

Estar conectado las 24 horas es agotador y desquiciante, para empezar porque no sólo tienes acceso a todo el mundo, sino que tú mismo estás accesible para cualquiera. Lo que se pierde es la soledad y el silencio; lo que se gana -lo que se fomenta- es una atención cada vez más incapaz de fijarse en cualquier asunto más allá de unos pocos minutos.

Pero no hay tarea que valga la pena, ya sea profesional o mera afición, que no exija tiempo sin distracciones, concentración en lo que se está haciendo, silencio (mediático, al menos) y cierta dosis de soledad. Pensar con claridad y de forma productiva cuando a uno le están interrumpiendo cada pocos minutos con mensajes más o menos banales es misión imposible.

Por eso hoy el verdadero lujo no es el último cacharro de la factoría Apple, ni el jardín con vistas a la Acrópolis del ministro Yanis Varufakis ni las mariscadas sindicales, sino la desconexión. La soledad. El silencio.

El lujo es siempre lo extraordinario, y estar perpetuamente conectado es ya la norma. En el vagón de metro, en la sala de espera del dentista, incluso en el grupo en el que estamos es habitual ver las cabezas inclinadas sobre el móvil o la tableta, leyendo y respondiendo compulsivamente. La marca, pues, del individuo libre es un móvil apagado o, aún mejor, sin móvil.

Así que ya lo saben: Apple tendrá que sobrevivir sin mí y cerrar el presente año fiscal sin contar con mi dinero. El mundo no necesita más, sino menos, conexión electrónica. Tener ‘el mundo en tu muñeca’ es, al final, perderse el mundo de verdad.

Publicado el 13.03.2013 en La Gaceta

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