A uno se le corta el cuerpo con noticias así. Sí, todos los días suceden un montón de desgracias fatales por el mundo adelante, pero lo que no conocemos no podemos lamentarlo, y la muerte en unos minutos de las 150 personas que volaban en el avión de Germanwings estrellado ayer en los Alpes hace que los rifirrafes políticos y la combinatoria electoral parezcan súbitamente pequeños y triviales.

Por lo demás, ¿de qué puede escribir el trasgo cuando un terrible accidente -lo de ayer, como un terremoto, un tsunami, un huracán o cualquiera de las mil eventualidades aleatorias y mortales a las que estamos sujetos- ocupa las portadas? Lo mío, después de todo, va de detectar cómo los medios barren ideológicamente para casa, y en una catástrofe aérea en la que se ha descartado el terrorismo y de la que aún se desconocen las causas es difícil hacer política, ¿no?

Desgraciadamente, no. Desgraciadamente, para un número no despreciable la política sustituye a la religión, de modo que ni una hoja se caiga ni muera un gorrión sin que les den un significado ideológico. Las consecuencias mediáticas a menudo delatan al maniático, al que ve el universo desde la visión estrecha y mezquina de una idea.

Toda ideología ciega. Toda ideología impone una visión esquemática y simplista con pretensiones totalizantes que, por perspicaces que sean sus autores, nunca logra abarcar lo real y al tratar de aplicar a capón la plantilla logra, en el mejor de los casos, resultados ridículos y, en el peor, efectos dramáticos.

Todas, ya digo. Pero hay dos que proscriben especialmente la imperfección, dos que sueñan con mundos perfectos, tan alejados de lo posible y tan incompatibles con la naturaleza humana que su aplicación al mundo real ha traído miseria, opresión y una montaña de muertos: la izquierda y el nacionalismo. Y fueron estas dos ideologías las que se colaron ayer en las redes sociales para mostrar su rostro fanático y hacer política de la tragedia.

El primer listo del día fue Eduardo Garzón, que cuando aún se ignoraba casi todo del accidente se descolgó en Twitter con esta machada: “Maldita sea esta sociedad capitalista donde una compañía aérea antepone el beneficio empresarial a la seguridad de los pasajeros”. Sí, ahora sigo, pero hágame el favor, querido lector, de releer el comentario. Y otra vez, hasta que se empape del grado de oportunismo, insensibilidad, fanatismo, estupidez y ruindad que puede condensarse en 140 caracteres.

Eduardo Garzón es, a efectos del público, hermano del diputado de Izquierda Unida por Málaga, Alberto Garzón, dipucuqui, aquel que definió ante la periodista Ana Pastor la izquierda como secta gnóstica al afirmar muy serio que un delincuente no puede ser de izquierdas. Y Eduardo es un ‘miemmano’ cualquiera, colocado desde el pasado mayo por casualidades de la vida como asistente del eurodiputado por Izquierda Unida Javier Couso, con un sueldo de 21.379 euros mensuales. Eduardo es economista y comunista, un caso más común de lo que se cree por más que asombre, así como no es raro ser bombero y pirómano.

Eduardo no necesita esas pijadas burguesas que son investigaciones, análisis sobre el terreno o estudios forenses, porque él conocía antes que nadie la causa del accidente: el capitalismo. Porque es de todos conocido que la Aeroflot de Brezhnev era la aerolínea más segura del mundo, aunque los pérfidos occidentales la incluyeran en todos los rankings entre las más accidentadas. Y todo el mundo que está en el ajo sabe que Chernobil fue un sabotaje. ¿Quién no conoce la extrema fiabilidad de los productos que emanan de los paraísos socialistas, que nos los quitan de las manos, oiga? Un accidente solo puede ser de derechas, lo mismo que un delincuente. ¿Les he comentado ya que Cubana de Aviación alquiló el año pasado aviones de Aeroflot que la aerolínea rusa ya había jubilado?

No hay que decir que un enjambre de tuiteros hicieron risas sin cuento con la estupidez garzonita, que Twitter no tiene aún un estricto comisario que vele por la pureza ideológica de los comentarios, y la marea de críticas subió tanto que el hermanísimo publicó pomposo un ‘comunicado’ en la red donde, en lugar de disculparse y sacar la patita de donde la había hundido hasta el corvejón, ahondó en el ridículo y la mezquindad. Vino a decir que “ni sé ni sabía las causas del accidente”, lo que no le impidió soltar lo que soltó porque el caso “le había recordado” otros parecidos, como la catástrofe del AVE (sic) de Santiago. A mí él me recuerda a su hermano, como debe de sucederle al eurodiputado Couso. Termina con un delicioso ‘sostenella y no enmendalla”. ¿Que lo que ha hecho es politizar la noticia?, se pregunta. Y se responde: “Pues lo haré siempre y con mucho orgullo”. Si algo hay admirable en la estupidez es su tendencia a la constancia.

Pero no hemos terminado, que el hombre tenía ayer el día. Aquí va otra perla: “El avión accidentado se encontraba al límite de su vida comercial. Contaba con 24,3 años de ‘vida’. La media de edad es de 25 años”. Eduardo es, además de beneficiario de eurochollo por la gracia de Alberto, miembro del comité científico de la asociación ATTAC. Y bien podría ser merecedor del Nobel si ha inventado unas matemáticas en las que acercarse a la media equivale a estar en el límite. Imaginen esta frase dicha de una persona: “Paco estaba al límite de su vida natural. Tenía 25 años, y 25,5 es la media de edad”. A lo mejor incluso ha encontrado la fórmula revolucionaria para que todos los aviones estén por debajo de la media en vida comercial. O, al menos, que la media esté por debajo de la media, como sucede con la perspicacia de sus comentarios.

Pero debo ser justo, hay algo en lo que estoy plenamente de acuerdo con el joven Garzón II: si el socialismo se hubiera aplicado hace siglos en todo el mundo no habría accidentes de avión. Ni aviones.

Luego están los nacionalistas. Que el presidente de la Generalitat, Artur Mas, distinguiera entre catalanes y españoles del grupo de víctimas es bastante asquerosito y dudosamente legal, pero perfectamente previsible. Como que a esa arrabalera de tertulia conocida como Pilar Rahola le dé por denunciar indignadísima lo que no ha ocurrido. A la 1:12 tuiteaba: “QUINA VERGONYA! “Rajoy no varia l’agenda tot i l’accident aeri, a diferència de les autoritats franceses y catalanes” (Lo digo en el original porque es un idioma español, porque me encanta y porque, caramba, no es chino). Lo cual sería politizar muy pronto una terrible desgracia, pero nada más, si no fuera porque podía haber leído publicado desde la cuenta de Mariano Rajoy Brey veinte minutos antes con este mensaje, muy poco ambiguo para lo que estila el gallego: “He suspendido mi agenda y vuelvo a Madrid. Se constituye un gabinete de crisis y la ministra de Fomento se traslada a Francia”. Oh, quina vergonya.

Y cierra la serie el escritor catalán Quim Monzó con esta joya: “Obsessió racial a @telemadrid: “Sáenz de Santamaría confirma 45 apellidos españoles entre los pasajeros”. Reto al señor Monzó a que me enseñe el noticiero de algún país, el que prefiera, en el que en un caso similar no se recalque especialmente el número de connacionales muertos. Y, por cierto, ese “racial” es una proyección tan clara que le saltaría en la cara incluso a un psicólogo de feria.

Publicado el 25.03.2015 en La Gaceta

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