¡Son días, como dije ayer, incómodos para quien tenga medianamente desarrollado el sentido de la vergüenza ajena. He tenido que leer en un diario británico conservador, que hasta ahora tenía por sensato, The Telegraph, que Mandela era de los pocos personajes de la historia que resistían una comparación con Cristo, lo que dice bastante más sobre la opinión que nuestro mundo tiene de Cristo que la que tiene del líder negro. He resistido a Terminator -quiero decir, el actor y ex gobernador de California Arnold Schwarzenegger asegurando que la existencia de Madiba es la mejor prueba de la existencia de Dios, un argumento que sin duda hubiera sorprendido al Aquinate.

Más entrañable, por cercano, es leer el sucinto y muy poco gallego “Madiba, hasta siempre” de un Rajoy que se expresa como si hubiera desayunado con Mandela cada lunes y cada martes. Y el inefable Esteban González Pons nos ilumina así en Twitter: “Ha muerto Mandela, su espíritu, no. Millones de Mandelas anónimos nunca se rendirán y ese es su legado mejor, haber vivido. Haber luchado”. Aborrezco la izquierda, pero no puedo despreciarla como a la derecha oficial.

Y más surrealista, los políticos norteamericanos sacando el pañuelo y canonizando con sus palabras al hombre que tuvieron en su lista de terroristas hasta finales de los ochenta y que dijo, cito: “Si hay en el mundo un país que ha cometido atrocidades inexpresables es Estados Unidos”. ¡Gracias, Madiba, y hasta siempre! Aquí mis rojos ganan por goleada. Sí, pueden decir inefables tonterías sobre Mandela, pero, al menos, hablan de uno de los suyos.

Pero, junto con el alipori, una deliciosa ironía que me lleva a concluir que el laicismo no es meramente una aberración: es imposible. La progresía no es menos, sino más religiosa, de media, que los católicos que conozco; es solo que no lo llaman así, pero la canonización de Mandela supera todos los arrebatos místicos que haya visto.

Resulta delicioso como una revancha ver a todos los que -desde la izquierda ‘prisaica’ a la derecha oficial- han hecho risas con las universales y públicas lágrimas norcoreanas a la muerte de Kim Jung Il o con la grandilocuencia mesiánica de Chávez, heredada con insólita torpeza por su sucesor, Maduro, hacer otro tanto con alguien de quien, en su abrumadora mayoría, solo conocen el icono y, como mucho, la idea de una Sudáfrica donde blancos y negros avanzan cogiditos de la mano hacia un esplendoroso destino común.

Por cierto que la foto que más triunfó en las portadas de ayer es la de un joven que podría ser de Oslo por lo rubio y pálido abrazando triste a una mujer negra que llora desconsolada. Copa las primeras de ABC, La Vanguardia, El Correo, El Periódico, La Voz de Galicia, El Comercio, El Diario Montañés, además de otros regionales afiliados a algunos ya citados. Todo un éxito y una prueba del mito que queremos creer. ‘Un legado para la libertad’, titula El País sobre una fotografía netamente litúrgica: una vigilia, con sus velitas y todo.
ABC -tengan en cuenta: ABC– acompaña la foto con el titular ‘El mundo llora al Gandhi africano’. Oh, vale: el hombre que se negó a renunciar a la violencia cuando se le ofreció liberarle con esa condición es el equivalente africano del apóstol de la no violencia. Todo muy obvio. Si yo fuera rojo, ver cómo el órgano más representativo y antiguo de la derecha en prensa se humilla prestando homenaje a un comunista irredento me produciría una indecible sensación de victoria. ¡Ay de los vencidos!

Publicado el 08.12.2013 en La Gaceta

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