Las aceras de mi ciudad se han convertido en sucursales de un vertedero. Esto, que en condiciones normales sacaría el gruñón coronel angloindio con gota que llevo dentro, me ha llevado por contraste, a pensar qué bien vivimos. Antes de tirarme algo a la cabeza, déjenme desarrollar la idea.
Me venía a la cabeza casi con cada montón de desperdicios la imagen que ilustró aquel célebre reportaje en el New York Times sobre la recesión en España, un hombre rebuscando en un contenedor. La foto dividió a la opinión pública, entre quienes pensaban que esta es la España que nos deja el PP con sus recortes y los que opinaban que la escena no es en absoluto representativa de la realidad española. Yo recuerdo haber pensado entonces que trae menos cuenta hurgar en las basuras de Kinshasa o, para ponernos más combativos, de La Habana.

Lo que quiero decir es que sí, que las cosas pintan feas –que el Gobierno y Alierta y Botín tengan razón me alarma más que si me dijeran que la recesión sigue– y quizá estemos peor que hace una década. Pero eso es un suspiro en términos históricos y lo cierto es que, a pesar del sentimiento apocalíptico de tanto tertuliano y cronista –empezando por mí– y el clima prerrevolucionario de tanta soflama, nunca tantos en España habían tenido tanto.
La prueba no está tanto en lo que nos falta como en lo que damos por supuesto… Como la recogida de basuras. Nada más fácil –y agradable– que olvidar que no es en absoluto natural ni inevitable comer tres veces al día, que lo que comamos casi con toda seguridad esté en buenas condiciones, que todos tengamos acceso fácil a agua potable.

Nos falta perspectiva, e igual que el niño pequeño no sabe que la farola es artificial y el árbol, natural, tomamos el mundo en que nos hemos criado como ‘lo que hay’, como la norma, cuando no lo es. Un obrero de la construcción vive en muchos sentidos mejor de lo que vivía el Rey Sol: come comida en mejor estado, tiene mejor iluminación a cualquier hora del día o de la noche, está más protegido del frío o el calor, tiene más probabilidades de sanar en caso de caer enfermo y mejor medios de eludir el dolor y sus posibilidades de entretenimiento serían el asombro de cualquier época anterior a la nuestra.
No pretendo hacer política con todo esto ni abanderar un quietismo budista como actitud ante la crisis. Pero cualquier cambio debe tener en cuenta eso: que hemos llegado a lo que tenemos con sangre, sudor y lágrimas, que es raro en el sentido de excepcional, que no nos lo hemos ganado en absoluto las generaciones ahora vivas y, sobre todo, que es increíblemente frágil, basado en una delicada red de hábitos, creencias, actitudes y saberes, es tan fácil de destruir como difícil y trabajoso ha sido de levantar. No importa si tienes quejas contra el Patriarcado, el Capitalismo o lo que gustes: cuando abras un grifo y salga agua caliente, da las gracias.

Publicado el 15.11.2013 en La Gaceta

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