“Si los hombres parieran –rezaba la terrible consigna feminista–, el aborto sería un sacramento”. Hace tiempo que no lo oigo, y sospecho la razón: el aborto ya es un sacramento para la modernidad.

Todos los apocalípticos vaticinios de los provida se han cumplido, todas las predicciones de los proabortistas suenan ahora a sarcasmo, toda la ciencia, la tecnología, la medicina hace cada vez más evidente la monstruosidad.
Da igual. Los proabortistas, naturalmente, hilan frases que pretenden ser argumentos, pero no es lo que les convence ni lo que mantiene en pie, ampliándose año a año como una espantosa plaga, la matanza sistematizada.
Cada logro médico que permite adelantar la viabilidad del feto fuera de la madre, cada avance científico que hace evidente la singularidad del embrión, cada conquista tecnológica que nos deja –y, potencialmente, deja a la madre– entrar en la vida intrauterina anima a los partidarios de la vida a pensar que el fin de la pesadilla está al alcance de la mano.

Siento decepcionarles, pero no. Ayer una de las Femen, esas niñas aburridas y –fuera de España– agradablemente constituidas que actúan como camicie nere, lo expresaba sobre su torso desnudo para quien no se haya enterado aún: el aborto es sagrado. Fin del ‘argumento’.

Les propongo un experimento. Aceptemos la premisa de los defensores del aborto: lo que crece en el útero materno es un amasijo de células sin personalidad jurídica y propiedad de la madre, y el aborto es solo un procedimiento médico más. ¿Preparado?

Bien. Vaya usted con 16 años a solicitar un procedimiento quirúrgico, no sin consentimiento paterno, sino sin su conocimiento siquiera. Más: ¿sabe lo que es el ‘consentimiento informado’? Se lo explico: la ley obliga a los facultativos a ofrecer al paciente información precisa del procedimiento al que va a ser sometido, incluyendo los riesgos posibles. En Estados Unidos quieren que los abortorios enseñen a las gestantes ecografías del ‘amasijo de células’ que han ido a eliminar, pero la oposición del lobby abortista ha puesto el grito en el cielo. ¿Por qué? La información, ¿no es buena siempre? ¿Qué quieren que no veamos?

El doctor Morín, ¿recuerdan? Los abortistas –la izquierda, fundamentalmente– saltaron en defensa del encausado empresario del aborto aunque la acusación no implicaba un juicio sobre el aborto. Es un lucrativo negocio privado y se saltó la ley y las normas de higiene de numerosas maneras. Imaginen que se hubiera tratado de una clínica de diálisis donde los catéteres están sucios. ¿No serían los partidarios de la diálisis los primeros en atacar a la clínica? ¿Qué hace Izquierda Unida defendiendo a capa y espada los tejemanejes de un empresario sin escrúpulos?

No le den más vueltas: es sagrado, el terrible sacramento de la muerte.

Publicado el 18.11.2013 de La Gaceta

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