El secreto obsceno de la izquierda es que se ha convertido en la sirvienta intelectual de los muy ricos.

Me cuesta decir esto, pero quiero pensar que hubo un tiempo en que la izquierda mantuvo una tenue relación con el proletariado en cuyo nombre han hablado y siguen hablando. Sí, es cierto que toda la que existe hoy procede de Marx, en su pureza hardcore o en versión tuneada, y que el alemán era un burguesito gorrón que se negó toda la vida a conocer a un obrero de verdad –su amigo, el industrial Friedich Engels, se ofreció a presentarle a alguno de los suyos–, no fuera a mancillar su visión platónica. Pero quiero creer que ese cristianismo corrompido que animaba la visión socialista prestó a los camaradas cierta simpatía por el común.

Pero eso pasó hace décadas, en parte por la traición de los obreros, empeñados en aburguesarse a la primera oportunidad, y en parte por la caída del Muro, que ya no daba mucha opción a pensar que aquello era la irresistible ola del mañana. Hoy, si se fijan, sus causas más vociferantes –desde el feminismo a la teoría de género o la ecolatría– tienen poco que ver con nacionalizaciones y dictadura del proletariado. De hecho, la izquierda ha convertido casi en disciplina olímpica del desprecio de todo aquello que el común ama, desea, apetece o cree. De hecho, hasta en lo más nimio, basta que algo tenga éxito entre el pueblo para que la izquierda lo califique, con desprecio, de comercial, mientras ensalzan formas artísticas de las que el obrero es el primero en reírse.

La inmigración masiva que padece Occidente es un ejemplo obvio del alejamiento entre el pueblo y sus élites.

Una patera de inmigrantes africanos se ha hundido cerca de Lampedusa, con el resultado de un centenar de muertos. La izquierda, naturalmente, habla de ello como de los desahuciados, como si el sistema hubiera bombardeado la barcaza, y la culpa es siempre, eternamente, del hombre occidental. La idea de que la inmigración es siempre un fracaso, de que nadie quiere realmente dejar a los suyos, su tierra, lo que conoce, para ir a vivir entre extraños, de que las fronteras abiertas de par en par desaniman el cambio en los países de origen y los empobrecen, al privarles de sus miembros más audaces y emprendedores, todo eso es algo de lo que rara vez se habla cuando se debate sobre inmigración.

En casi todos los países de nuestro entorno, la abrumadora mayoría de la población es partidaria de controlar la riada humana que nos llega del Tercer Mundo, mientras que todos los partidos del arco parlamentario aplauden la inmigración como un bien sin mezcla de mal alguno. Lo contrario es xenofobia.

Pero los ricos viven lejos, en urbanizaciones donde todos los vecinos son exquisitamente parecidos, y los inmigrantes no van a competir por sus empleos, al revés: van a abaratar la mano de obra que usan en sus casas o en sus fábricas.

Publicado el 08.10.2013 de La Gaceta

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