Cuentan que cuando Samuel Johnson comentó a sus amigos su intención de compilar en solitario un diccionario de la lengua inglesa, éstos le reprocharon su audacia recordándole que el equivalente francés había requerido los esfuerzos de toda la Academia. Respondió Johnson: “Cincuenta franceses y un inglés: la proporción es justa”.

Tuve el privilegio de conocer en su día la ambiciosa empresa que se había propuesto Ignacio Peyró y, sin pretensiones ni capacidad para ser su Boswell, he recordado la anécdota porque en ambos casos el resultado ha sido una obra prodigiosa, completa, singularísima en el rigor, deliciosa en el humor, de una prosa envidiable (y, en mi caso, abiertamente envidiada) y de una pasión por lo tratado que logra encauzar siempre en un restraint muy británico.

A cada español que nace parece planteársele una elección ineludible: odiar a Francia u odiar a Inglaterra. Y siendo así que nuestros amores están en función de nuestros odios y no son menos apasionados, es nuestra patria pródiga en afrancesados enragés y anglófilos entusiastas. Yo admito, full disclosure, ser de los segundos y como tal confieso, en un understatement que el autor sin duda aprobaría, que he hecho cosas peores que leer (ávidamente) Pompa y Circunstancia , de Ignacio Peyró .

Antes de continuar, una advertencia: Pompa y Circunstancia es un diccionario, una enciclopedia, la grandeza y el misterio ingleses condensadas amorosamente en mil y pico páginas de excelente prosa. Con esto quiero decir que no tiene que leerlo de un tirón, que puede leer las entradas que le susciten mayor interés y dejarlo reposar, volviendo a él para consultar esto y aquello y… Oh, ¿a quién quiero engañar? Lo leerá de cabo a rabo en cuanto empiece, créame.

7192U5Oh1RL

Más allá de ser la mejor pluma de nuestra generación -una opinión que quizá no sea universalmente compartida hasta que ambos estemos muertos-, y de hacer gala de un tesón y una minuciosidad de relojero suizo en esto de la escritura, Peyró es la persona indicada para satisfacer los anhelos bibliófilos del amante de Inglaterra porque, más aún que un anglófilo, es un inglés, si quiera in pectore o propter honorem . Ignacio, sospecho, hubiera anhelado compatibilizar su labor literaria con el no muy atareado cargo de Ujier de la Vara Negra (no me pregunte: tendrá que comprar el libro).

A Ignacio uno lo imagina a sus anchas desayunando riñones y kippers en el Castillo de Blandings sin desentonar en absoluto entre los personajes de Wodehouse o conteniendo una furtiva lágrima a las puertas de Windsor en el Jubileo de Diamante de la Reina Victoria. Peyró hubiera sido un magnífico Don de Balliol College, debatiendo por los verdes prados de Oxford o ante una copa de Oporto especial de la bodega del college los censurables excesos de los tractarianos en una conversación salpicada de citas eruditas y comentarios ingeniosos. Lo veo incluso en el club, levantando la vista de su ejemplar de The Times -abierto como un parapeto contra bores – para coincidir distraídamente con el coronel angloindio del sofá vecino en que, efectivamente, “el país se va a los perros”.

Es propio del autor y de su extrema aversión por todo lo histriónico o indiscreto, haber disfrazado púdicamente lo que es una elaborada carta de amor a la vieja Inglaterra bajo la adusta forma de un diccionario. La impostura, sin embargo, se delata a cada frase, esas irritantes frases de Ignacio ante las que uno trata en vano de descubrir una forma mejor de decir la misma cosa.

El delicado fraude fracasa en un segundo detalle no menor, a saber: es la gloria y la miseria de un diccionario dar a todas sus palabras igual rango, de modo que, digamos, a honor no se le dé más importancia ni, necesariamente, ocupe más espacio que badulaque. Y sería engañar al lector pretender que en Pompa y Circunstancia hay tanto de la cool Britannia de Blair y sus santos de los últimos días como de Burke o Lord Salisbury .

Peyró hace escrupulosamente los deberes que se ha autoimpuesto y su pluma no deja de brillar en una sola de las entradas, así tenga que tratar cuestiones no por relevantes necesariamente gratas. Pero aliquando dormitabat Ignatius , y sus olvidos resuenan en mi corazón conservador con los mismos gloriosos sones que sus entradas. Así, he exultado comprobando que, entre BEAGLES (Véase Aristócratas; Bulldogs; Campo y casas de campo; Corgis; Fox-hounds; Perros; Pugs; Spaniels) y BEAU BRUMMEL (Véase Aristócrata; Clase; Floris; Meyer & Mortimer; Modales; Savile Row; Truefitt & Hill; Wilde, Oscar; Windsor, duque de) no hay nada.

Quizá no haya más conmovedora elegía que un inventario, y Pompa y Circunstancia tiene mucho de ese atesorar lo que uno ama y ve perderse. “Si Inglaterra fuera lo que Inglaterra parece, qué pronto la abandonaríamos”, clamaba en su día Rudyard Kipling (Véase Eduardianos; Flashman; Imperio; Victorianos). Y uno, que levantaba los ojos de la lectura sobre el joven Pitt para ver en el telediario el rostro de Cameron o -¡Dios nos asista!- de Ed Miliband , no podía por menos que cruzar los dedos y rezar para que la Inglaterra que quede en el mundo y en la memoria no sea la de una Birmingham con más minaretes que campanarios sino la que nos glosa y trata de explicarnos, con una futilidad que él es el primero en celebrar, Ignacio Peyró.

He dicho antes que Pompa y Circunstancia es la delicia del anglófilo español -por evitar el atroz cliché de lectura obligada -, pero, no siendo inglés, enmendaré mi yerro: más aún que un libro para anglófilos, Pompa y Circunstancia es una eficacísima fábrica de anglofilia.

Así como es costumbre, en la crítica de un vino, aconsejar platos que lo acompañen, yo aconsejaría al lector que no descuide el ambiente al hundirse en este gozoso libro y, para más de una entrada, recomendaría que su lectura se acompañara de un viejo oporto y, de fondo Jerusalem, el himno oficioso de Inglaterra. Porque si Inglaterra espera que todos sus hombres cumplan con su deber, hay que decir que un español, Ignacio Peyró , ha cumplido con creces sus deberes de amor con Inglaterra.

Publicado el 06.02.2015 en El Debate

Anuncios