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El atentado contra las Torres Gemelas de 2001 fue la primera salva en un choque de civilizaciones entre Dar al Islam y Dar al Herb -la Tierra del Islam y la Tierra de la Guerra, entre las que los musulmanes dividen el mundo- que desde entonces se ha concretado en un goteo de atentados terroristas en Occidente, varias guerras abiertas y otras soterradas, y cuyos últimos episodios son la guerra civil del Yemen y el avance de esa pesadilla llamada Califato a caballo entre Siria e Iraq, con ‘sucursales’ en Nigeria y Libia.

Esa es la narrativa oficial. Pero, ¿es cierta?

Si es ya un cliché que la primera baja en toda guerra es la verdad, en este conflicto internacional de cuarta generación la desinformación es la primera arma, el equivalente del arsenal nuclear.

A poco que uno rasque en los orígenes del conflicto e incluso en su marcha reciente, esta narrativa se hace pedazos. Como en una novela de misterio, uno ve demasiados aliados que se vuelven enemigos de la noche a la mañana, amistades peligrosas e indicios sobrados de que no es sencillo, de un simple vistazo, saber quién apoya a quien.

En la última gran crisis de la Guerra Fría, Estados Unidos decidió convertir Afganistán, recientemente invadido por los soviéticos, en el Vietnam Ruso usando explícitamente el concepto de ‘guerra santa’ y armando, asesorando y organizando a los talibanes y otros grupos que luego habrían de convertirse en los principales actores visibles de una historia que, por ahora, desemboca en el Estado Islámico. Fue lo que el entonces secretario de Estado de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, llamó “una magnífica idea”.

Era la época en que Ronald Reagan equiparaba los talibanes a los padres fundadores de Estados Unidos, cuando Osama Bin Laden era un valioso activo de la CIA.

La estrategia funcionó. Afganistán fue una sangría de recursos y  una fuente de desmoralización para un sistema, el soviético, que cada vez daba más muestras de agotamiento. Afganistán fue la tumba de la URSS.

La línea oficial es que el radicalismo islámico, como el monstruo de Frankenstein, acabó volviéndose contra su creador. Pero, una vez más, los hechos casan mal con esta narrativa.

En Iraq, Egipto, Libia y Siria, Estados Unidos ha trabajado para derribar regímenes que actuaban como bastión contra el islamismo con resultados que están a la vista y que pueden resumirse en una palabra: caos. Salvo en el caso egipcio, en todos ellos avanza el radicalismo religioso y todos ellos han sido, por así decir, desactivados como Estados funcionales. La llamada ‘Primavera Árabe’, de la que los medios transmitieron una versión manipulada de jóvenes pro-occidentales cambiando el mundo árabe con sus iPhones, ha resultado ser la puerta de acceso de la sharía.

Y la última Spectra de esta película de James Bond es el Califato, ISIS, ISIL, Daesh o como se le quiera llamar y del que a Occidente nos llega una perfecta caricatura del mal en estado puro. ¿Quiénes son, de dónde salen, quién los financia?

Bajo el liderazgo de Abu Bakr al-Baghdadi, cabecilla del grupo islamista Tawid y Yihad (“Organización para el monoteísmo y la yihad”, JTJ) desde 2010, JTJ aprovechó la Guerra Civil Siria para conquistar gran parte del territorio del país, declarándose finalmente en abril de 2013 como Estado Islámico de Irak y el Levante. Es decir, nacen de un intento de derrocamiento del régimen sirio propiciado por Estados Unidos, sus aliados occidentales e Israel y se nutren de los mismos islamistas supuestamente moderados que luchan contra Assad.

El intento de acabar con el gran aliado de Rusia en el Mediterráneo usando a los radicales y, de cara a Occidente, la retórica ‘prodemocrática’ de la Primavera Árabe’ ha sido un fracaso casi absoluto. Buena parte de los sirios, especialmente alawíes y cristianos, conocedores ya de los resultados de otros países árabes que habían emprendido esa ‘democratización’ auspiciada por Occidente,  se decantaron por el régimen, y la riada de dólares, asesoramiento y armas que ha llovido sobre los insurgentes solo ha logrado la neutralización geopolítica del país y, a la larga, el surgimiento del ISIS. De entrada, el escaso éxito de la revuelta interna obligó a ‘importar’ insurgentes de todo el mundo islámico.

Si uno mira en un mapa los límites del autoproclamado Estado Islámico, su triunfo es bastante menos sorprendente. El territorio que domina viene a ser el trozo de desierto poblado (escasamente) por los árabes suníes de Oriente Medio, y apenas un centímetro más. De los tres grandes grupos que pueblan Iraq -árabes chiíes, árabes suníes y kurdos-, los suniés, minoritarios, han gobernado sobre los chiíes desde la independencia del país, la mayor parte del tiempo a través del Partido Baas, hasta la caída de Sadam. La intervención norteamericana y las urnas supusieron la revancha de los chiíes, hasta que se han dado las condiciones para algo que, bajo el colorista aparato del ISIS, se parece mucho a una secesión.

Preguntarse quién se beneficia de la existencia y actividades del ISIS, una pregunta obligada siempre y más en geopolítica, lleva a conclusiones perturbadoras, quizá demasiado.

¿Qué hace, exactamente, el ISIS? Para empezar, reforzar la narrativa con un increíble derroche de Relaciones Públicas inversas mediante un eficacísimo uso de las nuevas tecnologías de la comunicación. No se limita a llevar a cabo toda la panoplia de crueldades y abusos que -lo hemos olvidado- es connatural a la guerra, sino que se complace en extremarlas y retransmitirlas a todo el planeta: decapitaciones en vídeo, exterminio de comunidades cristianas, venta de esclavos, hogueras de prisioneros, utilización de niños como asesinos. En fin, todo lo que cualquier bando bélico trata de ocultar a toda costa y los periodistas se juegan la vida por revelar, ellos lo transmiten con un despliegue de realización y un conocimiento de las redes sociales que asombra.  Por cierto, cada pocos meses aparece en los medios la alarma sobre la multitud de cuentas pro-ISIS en redes sociales, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta lo deprisa que se desactivan cuentas por opiniones políticamente incorrectas.

Por ahora, las actividades del ISIS favorecen la política norteamericana en la zona. ¿Que América no puede intervenir directamente contra Siria después de que Rusia eliminara el pretexto del arsenal químico? Pues el ISIS hace el trabajo y da a los americanos, además, una perfecta excusa para intervenir ocasionalmente ‘por motivos humanitarios’, aunque bombardeando preferiblemente la parte siria del Califato. ¿Que el ‘Iraq liberado’, controlado por los chiíes, empieza a dar la espalda a sus libertadores y le pone ojitos al enemigo Irán? Pues ISIS llega, una vez más, como el Séptimo de Caballería para mantener ocupado a Bagdad.

Dejamos fuera de esta ecuación a Israel, de quienes los norteamericanos son aliados tan entusiastas que el primer ministro israelí ha podido presentarse ante el Congreso y despreciar la política de Obama en un discurso constantemente interrumpido por las ovaciones de los congresistas. Israel, un pequeño país con una población relativamente reciente sin otro vínculo que una historia sagrada bastante vaga y remota con la tierra, rodeado de un mar árabe empeñado en echarles al mar, no tiene como principio rector de su política internacional, a diferencia de Estados Unidos, la mera proyección de poder, sino la pura supervivencia. Incapaz de asegurar alianzas fiables y duraderas en la zona, su mejor baza consiste en desactivar a sus vecinos y enemigos históricos. Con el ISIS, dos de sus principales quebraderos de cabeza, Siria e Iraq, están fuera de combate.

Las teorías de la conspiración son objeto del más absoluto desprecio -habitualmente, con razón- por parte de los medios convencionales, algo asociado con palurdos crédulos y extremistas de toda laya, pero en política internacional es lo que hay. Rara vez las explicaciones que dan los historiadores de los grandes conflictos del pasado coinciden con las que dieron los medios en su momento. Nada suele ser lo que parece.

Publicado el 19.04.2015 en La Gaceta

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