Parece, ya digo, que no tuvo nada que ver con ese sistema en el que se inventó el avión -y prácticamente todo lo demás- y que mantiene diariamente sin ningún problema cientos de miles de aeronaves en el aire. La causa no fue tampoco el terrorismo -islámico o budista-, ni el hecho de que fuera una compañía de bajo coste, ni un fallo en los sistemas de seguridad.

No, parece que la muerte de las 150 personas que volaban en el Airbus desde Barcelona a Düsseldorf hay que atribuirla a ese factor que siempre pasa por alto la ideología: el misterio del alma humana. En este caso, la del copiloto, Andreas Lubitz.

La metáfora se impone, ¿verdad? Desde la Revolución Francesa venimos buscando El Sistema, la ideología que haga imposible ser malo. Repetimos el mantra idiota -programa, programa, programa-en la más patética de las misiones imposibles olvidando que, al final, quien estará a los mandos será un hombre, no un sistema.

Y no, la solución no es que nos gobiernen las máquinas, argumenta Arcadi Espada en su columna de El Mundo, ‘La IA frankensteiniana’: “Va a haber interés en crear máquinas con voluntad, cuyos intereses no son los nuestros. Y eso sin considerar qué máquinas podrían elaborar los terroristas, los regímenes malvados y las agencias de inteligencia de naciones menos malvadas”.

No es, por supuesto, que algo tan trivial como la realidad vaya a conseguir que el ideólogo de pura cepa abandone una posibilidad tan golosa como este accidente para machacarnos con su tarabita. Eduardo Garzón no es una excepción, sino la norma en esa tribu para la que todo mal, desde el acné hasta la eyaculación precoz, es culpa del sistema y para la que su Idea es la respuesta a todos los males, a modo de Bálsamo de Fierabrás.

Ahí -concretamente, en Zona Crítica, de eldiario.es- está Isaac Rosa con su columna ‘Preguntas que ahora no toca hacer’, que él o el editor resume en esta entradilla: “Cada accidente de avión nos devuelve la sospecha sobre si la búsqueda del beneficio afecta a la seguridad de las compañías aéreas”. En serio, de verdad, da absolutamente igual que nos sentemos con Isaac y le leamos de un tirón todas las conclusiones del fiscal del caso y le pongamos la película de lo que ocurrió plano a plano. Cuando, agotados y jadeantes, hayáis terminado, un Rosa fresco como una ídem empezará: “Sí, sí, pero el capitalismo…”. Ni lo intentéis.

“La duda que flota en el ambiente cuando cae un avión es si con las aerolíneas pasa lo mismo que con farmacéuticas, bancos, petroleras, telefónicas o industrias alimentarias: que el dinero manda, que la búsqueda del beneficio máximo está por encima de cualquier otra consideración”, insiste Rosa.

Dice el profesor americano Thomas Sowell que la pregunta idónea para parar el torrente de disparates de un izquierdista es: “¿comparado con qué?”. Y es lo único que se me ocurre en este caso. ¿Comparado con qué es peligroso volar en el capitalismo? ¿Qué régimen de izquierdas tiene un historial de seguridad mejor?¿Era más seguro volar en la Aeroflot de Brezhnev o en la PanAm de Reagan? ¿Lo es más en Cubana de Aviación o en Ryanair?

Pero, naturalmente, la URSS de Brezhnev no es el modelo. Un poco más Cuba, pero tampoco del todo. Cualquiera de ellas tiene defectos, y el defecto, como el crimen -dijo recientemente Alberto Garzón-, es de derechas. En el mundo de arcoíris y unicornios de Garzón y Rosa no hay lugar para Andreas Lubitz.

Naturalmente, a la hora de la verdad nos saltamos esas disquisiciones a la torera y guardamos la ideología en la recámara porque lo divertido es poner nombres, que Sálvame no es un programa estrella porque hable de sistemas. Así, proporciona una ironía encantadora que la columna de Begoña Huertas -‘La política, esa cosa entre el yo y el nosotros’- que acompaña la citada de Rosasiga exactamente el argumento inverso: son las personas, imbécil.

“Hay egos tan grandes que no caben en un nosotros, y nosotros monstruosos que aniquilan cada yo”, empieza Huertas, y no puedo estar más de acuerdo. Da Huertas un repaso a Rajoy, Rosa Díaz, Albert Rivera, Julio Anguita… Es refrescante leer de tanta encarnación tras la ideología descarnada de don Isaac. Y todo va bien en la columna, todo va muy bien hasta el final. Pero al final, ay, termina sin concluir: “Quizás en ese “prestarse” esté la clave: que el político sea un yo que se presta a un nosotros. O sea, que no dependa de ese plural para medrar personalmente. Prestarse un tiempo, no vivir a costa de los demás. Prestar un servicio, no atrincherarse en un despacho”. Sí, bueno, claro, ojalá.

Obligados a empezar con un tema tan áspero, querría acabar con una sonrisa, un toque de humor, y para eso nada como acudir a Enric Sopena, esa alma perdida del izquierdismo vociferante. “El PP ha heredado del ‘Caudillo’ perseguir al periodismo libre”. Esta cosa tan chusca, atiendan, no es la conclusión, sino el titular de la columna que lleva en su juguetito online, ‘El Plural’.

El problema de gritar en todas partes y por todos los medios -periódicos, revistas, televisión, radio, webs y redes sociales- que vivimos en un régimen parafascista que reprime la libertad de expresión es que decirlo es negarlo, como aquel “los cretenses nunca decimos la verdad”. Y, a decir verdad, de la famosa fanfarria del JeSuisCharles para acá todos los casos de sancionados por opinar en Occidente van exactamente en la dirección contraria a la indicada por Sopena.

Da igual, da igual. La realidad es opcional, la culpa de los 150 muertos del Airbus la tiene el capitalismo y el fascismo monclovita amordaza a Enric Sopena, no hay más que verlo.

Publicado el 27.03.2015 en La Gaceta

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