“Con la cifra de paro en España no podemos dar la crisis por acabada”. Con estas palabras de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea -usted tampoco recuerda cuándo le votó, ¿verdad?-, abre esta mañana El País.

No deja de resultar paradójico que el más añoso adalid del laicismo patrio, debelador a tiempo y a destiempo de escándalos eclesiales y principal inquisidor del dogma de que fuera de la progresía no hay salvación, cumpla tan fielmente la norma evangélica según la cual no debe saber tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha.

Prisa, en fin, es ya, más que un grupo mediático, un apólogo moral, una metáfora de ese socialismo español que pasó en tiempo récord de hablar en nombre de los descamisados a comprar sus camisas en Armani y al peso, si bien en su caso puede estirarse la figura retórica para recordar que con la crisis de su buque insignia no le llega la camisa al cuerpo y que hasta esta ha perdido en un mercado que, si siempre juzgó implacable, con ellos ha sido más que benigno.

En esto pensaba hoy al ver la viñeta de El Roto que representa un tipo tocando una campana dorada bajo el epígrafe ‘Campanero de Wall Street llamando a la oración’, que uno no sabe ya a estas alturas si el viñetista está haciendo una sangrante burla del periódico en el que publica, portavoz oficioso de la banca, o, más probablemente, ejemplifica esa singular esquizofrenia que se sigue permitiendo alegremente todo el grupo.

Jugar con varias barajas, para ser justos, no es precisamente novedoso en El País. Así, igual que siempre ha sido muy aquiescente y respetuoso con esos mismos mercados financieros que denuesta su viñetista y que, al fin, le dan de comer, ha conseguido sentar cátedra de esencias democráticas al tiempo que se entrega con un servilismo de alipori a la más estricta obediencia europeísta, es decir, de sumisión a ese baratillo furiosamente antidemocrático que tiene su principal sede en Bruselas.

Juncker es Juncker, no por universalmente desconocido entre sus súbditos europeos menos importante, y es de razón que El País, habiéndole entrevistado, saque a primera una de sus declaraciones. Ya es, claro, desconcertante que con la elegida haga noticia del día la triste cifra de paro español cuando lo novedoso para el resto en este asunto es que el desempleo haya descendido en febrero como no lo hacía en catorce años.

Más grave es contemplar en el editorial -‘Lección de Juncker’- el untuoso homenaje acrítico que El País dedica al personaje. Citaremos solo la primera frase, tanto por ser significativa del texto todo cuanto porque no va a ser el lector de GACETA.ES el único en España que se someta a tamaña tortura: “El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, acaba de dictar una lección de realismo que debería entenderse más allá de la división convencional entre partidarios de la estabilidad y defensores de las políticas expansivas”.

¡Oy vey, el realismo de Bruselas! ¡La Comisión dando una lección! Soy lo bastante mayor -léase: viejo- para haber seguido de cerca desde sus primeros pasos la evolución de este Reino en las Nubes, esta dorada Shangri-La de Bruselas y la he visto en mil trucos y cambalaches, creando una moneda imposible para economías ricas y pobres (que sólo puede hacer de los pobres, gorrones, o de los ricos, tiranos) y dictando la curvatura de los pepinos. He visto, en suma, mucho de todo. Lo que nunca he visto es un exceso de realismo ni credenciales para dar lecciones.

Pero si he empezado por El País no es en absoluto porque quiera ensalzarlo hoy como modelo de lo peor, que a su modo hipócrita, plúmbeo y pomposo es de las pocas cabeceras que aún se toma la molestia de parecerse, siquiera en las formas, a lo que era un periódico.

El ABC, por ejemplo, ha renunciado. Siendo el decano de Madrid, da esa misma lástima que nos inspira el augusto prócer de ayer que vemos chocheando ya en un homenaje, el antaño ágil perdiguero, compañero de tantas monterías, que se arrastra hoy, casi ciego, tropezándose con todos los muebles. Hoy nos vende a Albert Rivera, ese Podemos limpito y presentable que le ha salido al PP, con una de sus declaraciones por titular: “Hay que poner de moda la solidaridad entre españoles”.

Da para meditar sobre la terrible decadencia y frivolización imparable de la política el que un político inteligente y articulado como Rivera sienta el prurito de emplear esa patética expresión, “poner de moda”, para expresar una necesidad pública.

Se me hace largo hoy el Trasgo y ustedes tendrán que hacer, así que obviaré hoy las portadas del diario del régimen -no se pierden nada, que sigue encallado en Podemos, Hacienda y Venezuela- y de El Mundo.

Publicado el 04.03.2013 de La Gaceta

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